Comamos un animal muerto
Andrés Núñez Leites
El entrañable Diego Larrea (QEPD), biólogo y compañero en mis épocas de trabajador de ONG en el área de medio ambiente, invitaba a los asados siempre con el mismo chiste sociobiológico:
- Juntémonos a comer un animal muerto.
Llevado a un escenario primitivo, comer juntos el producto de la caza implica un compromiso grupal: no será necesario recurrir al canibalismo ni a matarnos entre nosotros para competir por las escasas presas. Comemos juntos, celebramos el producto del esfuerzo común y ¡vaya si la caza primitiva era una empresa riesgosa! Nos reconocemos como parte de una misma cosa. Celebramos la vida y nos preparamos para salir adelante.
Antes que lo digan los animalistas, sí: esto sería el ritual primitivo. Su forma actual y civilizada puede resolverse comiendo vegetales, o tomando mate. Y precisamente el hecho que motiva esta breve reflexión es que -en virtud de la pandemia del SARS-Cov-2, el virus del que nadie tiene muestras- ya no compartimos mate, aquí en la tierra de la milonga, en la tierra de la tristeza rioplatense.
Quizá no deberíamos tomarnos a la ligera estos "ligeros" cambios. Estas son restricciones a los rituales que construyen nuestra subjetividad como parte de un colectivo y de una comunidad. Se está afectando el lazo social con explícita voluntad de modificarlo de modo permanente.
Va siendo tiempo de despertar.