LA EDUCACIÓN SEXUAL PROGRESISTA Y UN FRENO INADECUADO

Andrés Núñez Leites


La educación sexual progresista, ha sido una máquina de adoctrinamiento en ideología de género, con todos sus componentes, entre ellos: disociación entre las bases biológicas y los aspectos psíquicos del comportamiento e identidad sexual, y patologización de la masculinidad. Inspirado en el constructivismo norteamericano y en las políticas de identidad, se ha planteado como un lugar de militancia política y reingeniería de la intimidad sexual y de los vínculos a través de la fuerza del Estado contra las familias. En los países donde ha tenido más éxito en su -parafraseando a Foucault- "implantación diversa", ha generado dispositivos institucionales tales que, en nombre de los derechos del adolescente, se encargan de que los padres se enteren que sus hijos concurren a sesiones particulares de apoyo psicológico para la transición hacia otro sexo meses después de iniciadas. En Uruguay no ha llegado tan lejos en parte gracias a los docentes, tanto conservadores como progresistas, porque incluso estos últimos, mayormente, haciendo uso de su libertad de cátedra (esa que tanto odian los autoritarios de todo signo) han optado por la moderación y el respeto por las creencias de las familias en la mayoría de los casos. Claro que esta educación sexual progresista ha tenido sus aciertos, que han quizá no causado, pero sí acompañado cambios hacia una mayor tolerancia de la diversidad sexual.

La educación sexual progresista le ha fallado a la sociedad por la falta de cientificidad y laicidad. Pongo sólo un ejemplo: la suposición de que el género es un conjunto de normas culturales prácticamente desprendidas, es decir, no acopladas, no armonizadas con la base biológica del sexo, está lejos de ser un consenso en las comunidades científicas. Suponer que el género es exclusivamente un resultado de las relaciones de poder en una sociedad dada, es algo que ninguna teoría sociológica mínimamente seria admitiría, excepto claro está en los departamentos de "women studies", "cultural studies", etc., que precisamente se caracterizan por el subjetivismo y la falta de rigurosidad metodológica de sus investigaciones. En cuanto a la laicidad, ha fallado porque se ha impuesto como pensamiento único, en lugar de acercarle a los estudiantes, dentro del margen de lo razonable, diferentes posiciones científicas sobre la sexualidad y, en aquellos aspectos moralmente conflictivos, no ha buscado promover una discusión ética respetuosa de la diversidad de puntos de vista.

La respuesta conservadora de familias y legisladores, aprovechando la mayoría parlamentaria de la "derecha" en nuestro país, era esperable. Difícilmente prospere en su forma original, porque la batuta la tiene el sector globalista de la derecha, cuyos compromisos con las fuentes de financiación y en general las estrategias de dominación global del capital financiero hacen que se mantenga alineado con la ideología de género. Así se explica, por ejemplo que se mantenga y se refuerce la aplicación de la ley de violencia de género contra la mujer, que vulnera gravemente los derechos de los varones (y consiguientemente de niños y niñas) en términos de debido proceso y presunción de inocencia. Así se explica también el compromiso de Raffo con la capilarización de la política de género en todos los aspectos de la labor municipal.

El proyecto de Goñi [1], si bien reivindica principios tales como la libertad, intimidad, laicidad (definida acertadamente no como la censura de temas sino como la pluralidad de puntos de vista) y participación, erra en la forma en que pretende implementar este último, al proponer que los padres elijan a la carta según las convicciones "morales y religiosas" más representativas entre ellos. Y erra porque precisamente, hay conjuntos de convicciones "morales y religiosas" que potencialmente son contrarias a la laicidad y al principio de intimidad y ni que hablar contrarias a los datos científicamente válidos. O sea: en nombre de la oposición a un tipo de adoctrinamiento, podría estar ambientándose un adoctrinamiento de otro signo, que además, según la inspiración democrática localista que parece haber detrás del proyecto, variaría de escuela a escuela.

Mi opinión es que la escuela pública y los colegios laicos, tienen que enseñarle a los niños un menú sí, pero de opciones científicamente válidas, para que accedan a toda la información relevante. Si es necesario el debate, en los temas que son opinables, tiene que ser un debate ético y no la imposición de un código moral (sea progresista o de la religión que fuere). La enseñanza de valores morales específicos y opiniones específicas, tiene que correr por cuenta de la familia. Así como no corresponde que se utilice a la escuela, especialmente a la escuela pública, como correa de transmisión de una ideología política progresista, tampoco corresponde que se utilice a la escuela para imponer la visión ideológica de una mayoría de padres en el nivel local.

Curiosamente, las nuevas tendencias de reforma educativa se entroncan en la política globalista en el plano cultural: promover la enseñanza localizada. Se trata quizá de romper uno de los sagrados varelianos: la "unidad moral" de la nación que enseñaba Durkheim como requisito del mantenimiento de la unidad del Estado. La escuela ha sido históricamente un promotor de esa unidad moral a través de la universalización de un cuerpo de contenidos compartidos por todos. Las idiosincracias locales siempre fueron el daño colateral cuando no el blanco de la violencia civilizatoria y unificadora del Estado soberano (lo sabemos por ejemplo quienes venimos de familias lusoparlantes de la frontera). Esa religiosidad civil representada en la noción de soberanía se desvanece en la medida que ha pasado de ser vehículo a obstáculo del desarrollo del capital corporativo, que reduce ahora al Estado al papel de un agente por aquél contratado para crear el entorno que necesita para sus negocios. Parte de ese entorno requiere a su vez la reingeniería de los vínculos sociales. La educación sexual progresista es parte de esa estrategia global de poder, y por eso la vemos reflejada en los programas de los organismos internacionales y financiada por las grandes Foundations. El proyecto de Goñi y de los padres conservadores puede coincidir inadvertidamente o no con el aspecto localista y debilitante de la unidad nacional que promueve el globalismo, pero choca de frente con una de sus líneas de implantación cultural.

Este proyecto podría ser ocasión para que discutamos el rol del Estado en la educación de los niños y sus límites, el papel de la familia en la educación de los niños, su participación en la escuela, el problema de la laicidad en la enseñanza, el problema de la libertad de cátedra y el control político partidario de la enseñanza, e incluso, más allá de la cuestión educativa aspectos inherentes a la patria potestad, la autonomía progresiva de los niños y adolescentes y el CNA. Los partidistas ya están reduciendo esta posibilidad a una caricatura. Probablemente, como es costumbre, el intercambio de ideas más fructífero permanezca en las márgenes del debate político.

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[1] https://parlamento.gub.uy/documentosyleyes/ficha-asunto/143046/ficha_completa