NOTAS AL LIBRO "EL PATRIARCADO HA MUERTO"

Andrés Núñez Leites


Anoto aquí una serie de notas no exhaustivas motivadas por la lectura de "El patriarcado ha muerto y lo seguimos matando", libro del Colectivo Hermafroditas, de 2019.

1. El punto de partida es una nota de asombro que el colectivo menciona ante el hecho de que la marcha del 8 de marzo de 2017 por el "Día internacional de la mujer" haya recibido apoyos institucionales del Estado, el apoyo de los medios masivos de comunicación y de la central sindical, a pesar de proclamarse en sus consignas que se trata de una marcha en el marco de una lucha contra el capitalismo y el patriarcado. De aquí en más cabe preguntarse, como bien hacen los autores, qué extraña situación es esta en la que el Estado y los medios promueven una lucha contra su propio poder, y si en realidad, más allá de la retórica, no estamos ante una instrumentalización del feminismo para lo contrario, para la profundización del capitalismo. La tesis central del libro, intenta contestar ese problema del siguiente modo: el estado actual del desarrollo del sistema capitalista, signado por la primacía del capital financiero, requiere de la eliminación de todo resabio de patriarcado. Es decir: el patriarcado, que fue funcional en la etapa del capitalismo industrial, ya no lo es y debe borrarse todo resto de autoridad masculina en el ámbito familiar, institucional, cultural, en la medida que los modos tradicionalmente entendidos como femeninos (comunicación, empatía, inteligencia emocional, etc.) son los más acordes a las necesidades del capitalismo hoy.

2. El feminismo hegemónico (que yo preferiría llamar "corporativo", siguiendo a Hoff Sommers, por sus implicancias en cuanto a fuentes de financiación y modalidad elitista de gerenciamiento y lobby) ha llevado de hecho a una fragmentación de lo que antes se denominaba "campo popular" de fuerzas anticapitalistas. Esto que se menciona en el libro podría ampliarse a la sociedad toda, incluso al campo de las fuerzas conservadoras, en la medida que la guerra de sexos no sólo ha postergado a la guerra de clases, sino que ha planteado todo espacio de coparticipación entre varones y mujeres como espacio de lucha entre ambos "bandos". Y podría ampliarse incluso al ámbito de la pareja heterosexual y de la familia nuclear, que esta última sí se menciona en el libro.

3. Se dice que el feminismo hegemónico es "liberal" porque profundiza el capitalismo, pero creo que el uso de esa categoría es cuestionable. Tanto en el plano económico, en la medida que busca imponer limitaciones a la libertad de contratación, como mucho más claramente en el plano político y jurídico, donde ha desplegado propuestas que retrotraen a las etapas anteriores a las revoluciones liberales (pensemos en las leyes contra la "violencia de género contra la mujer" que diluyen la igualdad ante la ley y la presunción de inocencia, como si fueran inspiradas en el Maleus Maleficarum).

4. El libro hace una crítica a la interpretación que Laje y Márquez hacen del feminismo corporativo como "neomarxista", es decir, como una especie de reagrupación teórica y práctica que, una vez que decae el posible rol del proletariado como sujeto revolucionario, permitiría desplazar la lucha anticapitalista desde la infraestructura (relaciones sociales y medios técnicos de producción, objetivo típico del marxismo clásico) hacia la superestructura (cultura, instituciones, medios de comunicación). La crítica se basa en los efectos estrictamente contrarios del feminismo corporativo: profundización del capitalismo y fragmentación de las fuerzas anti-capitalistas. Yo diría que si bien es cierto que los autores mencionados, por momentos, parecen derivar en una teoría que sobrevalora la capacidad organizativa y el control teórico de la izquierda, aciertan en la categorización, aunque, al menos en la forma en que usualmente tratan el tema, omiten una de las partes fundamentales de la filosofía implícita en el feminismo corporativo: el posmodernismo. La fórmula ideológica de la ideología de género es neo-marxismo + posmodernismo, y es la misma máquina discursiva que está detrás de toda la "woke culture" de las políticas de identidad.

5. Precisamente, varias de las constataciones que se hacen en el libro, respecto de la asociación entre el feminismo corporativo y el irracionalismo, la relativización de la verdad, la crítica de la ciencia, la primacía de la emoción por encima de la razón, etc., obedecen a esa máquina discursiva que mencionamos recién. Si bien el feminismo corporativo, es decir, el feminismo hegemónico, toma elementos del neo-marxismo del feminismo radical, la dimensión filosófica preponderante es la del posmodernismo. Véase, por ejemplo, que el feminismo radical reivindica la identidad mujer asociada a una estructura orgánica mujer, lo que le pone en conflicto directo con las vertientes más posmodernas del feminismo, como son el feminismo queer, que a su vez es la norma del feminismo trans. Esa inclusión del feminismo corporativo dentro de la máquina discursiva de las políticas de identidad, es la que permite al feminismo, a partir de la adopción de la noción de interseccionalidad, resolver la contradicción que el libro "El patriarcado ha muerto" señala: que hay varones en peores condiciones sociales que muchas mujeres y que ello admite una explicación clasista y no sexista o generista. La idea de que en la sociedad es posible estar atravezados por múltiples relaciones de poder y por lo tanto se puede ser al mismo tiempo oprimido por cuestiones de género, raza, opción sexual, etc., que promueve la interseccionalidad, resuelve además la especificación, dentro de los varones, de los peores, los opresores por excelencia, el enemigo a combatir: el varón blanco heterosexual y cristiano.

6. Un punto sobre el cual seguramente los autores deberán hacer una mayor elaboración posterior es puntualmente la noción de "patriarcado", que aparece tan difusa como en las definiciones de las autoras feministas. Antropológicamente el término se ha usado más para aludir a una estructura familiar donde el varón tiene poder absoluto, incluso poder de vida y muerte sobre mujeres y niños. Nada de eso se registra actualmente en estas latitudes. Más bien lo contrario: la posición del varón en la familia es crecientemente accesoria, al menos simbólicamente. En algún momento del libro se refieren a resabios machistas del patriarcado, más que nada como un desprecio por lo femenino, que se atribuyen principalmente además a las clases populares, pero no se aporta evidencia al respecto, lo cual sería muy importante para considerar su realidad. Quizá el libro, al plantearse como herramienta política de izquierda, despliega su discurso de un modo estratégico, haciendo tal vez demasiadas concesiones al discurso hegemónico del feminismo.

7. Concuerdo con la afirmación que hace el libro y que nos hace evocar a Federici, respecto a que la reducción de la mujer al rol de ama de casa fue una necesidad del capitalismo industrial en su etapa formativa, en la medida que la ruptura del pacto feudal en favor de una relación mediada por el salario, implicó el desplazamiento de la responsabilidad por la reproducción de la fuerza de trabajo del señor feudal hacia los obreros. Allí al mismo tiempo que recaía en los varones el trabajo en condiciones insalubres durante jornadas de más de 12 horas, recayó en las mujeres el trabajo doméstico, la crianza de los niños, la limpieza y la alimentación. Sí debería tener una lectura más crítica la alusión a la concepción del matrimonio por parte de Engels, que es vista como una imposición jerárquica machista para asegurarse la consanguinidad de la prole y el marido cuando aparece la propiedad privada y la posibilidad de heredar bienes inmuebles. Digo esto porque tanto desde la biología como desde la psicología evolutiva, se ve la monogamia en la relación heterosexual como una respuesta adaptativa de muchos animales para asegurar la protección de la hembra y la supervivencia de la prole en las etapas de gran vulnerabilidad asociadas a la maternidad. De hecho, la mayor estabilidad psíquica y mejor rendimiento académico que suelen mostrar los niños criados en parejas monogámicas estables, puede ser un indicador de la adecuación evolutiva de esta respuesta biológica.

8. Quizá no sea compartible que se relacione el proceso constatable de desestructuración de las familias nucleares y en general la inestabilidad de los núcleos familiares cualquiera sea su organización puntual, con la generación de un efecto individualista. Es decir, el libro menciona que el feminismo hegemónico estaría cooperando con la desestructuración de las familias tradicionales (que se relaciona con una precariedad vincular típica en contextos de neoliberalismo y pos neoliberalismo) y uno puede pensar que no sólo cooperan en ese sentido los discursos de las autoras extremistas que interpretan toda relación sexual heterosexual como violación de la mujer, o las que abogan lisa y llanamente por la abolición de la familia, sino medidas generales y concretas como la imposición de una situación de ciudadanía de segunda clase para el varón a través de la instauración de una condición de casi absoluta indefensión jurídica ante una acusación de violencia de género en la legislación de varios países. Lo que no es claro es que el efecto sea una promoción del individualismo, en la medida que, paradójicamente, la fortaleza del individuos (varón o mujer) pasa necesariamente por la fortaleza de un núcleo familiar y una comunidad local que lo sostienen. Creo que el término más adecuado sería "atomización": un efecto de la inestabilidad de los grupos familiares tradicionales, es un individuo débil, desarraigado, que debe valerse sólo frente al Estado que a su vez es un agente de las Corporations. Además, uno de los efectos de las "identity politics" es la promoción del tribalismo, en el cual la individualidad desaparece y cada persona es juzgada de antemano por su pertenencia de sexo, género, raza, clase, etc.

9. Finalmente, un punto fuerte del libro es la alusión al uso del "patriarcado" como categoría totalizante. Es decir, como categoría que impregna todos los vínculos, todos los niveles de la acción social. Toda forma de interacción entre varón y mujer, está mediada, en esa concepción, por la dominación masculina, por el androcentrismo, por la supremacía de la perspectiva masculina, por el privilegio masculino, es decir, por el patriarcado. Quisiera hacer notar al respecto, dos efectos políticos subsiguientes: uno es, tendencialmente, el totalitarismo, el otro la estigmatización total del enemigo opresor. El totalitarismo se asocia en lo práctico a que la constatación de una supuesta relación de opresión ubicua, requiere una respuesta igualmente ubicua: el feminismo corporativo, en este sentido, no sólo se asocia a la cultura de la cancelación de la crítica sino al desarrollo de las tecnologías del estado policial, limitando no sólo las libertades civiles de los varones, sino también de las mujeres, en la medida que si bien se las coloca en un lugar de superioridad jurídica, se establece sobre ellas un tutelaje estatal y corporativo por parte de las élites tecnocráticas. La estigmatización de la masculinidad (y en el discurso más amplio de las identity politics, de la "blanquedad", la heterosexualidad, etc.) hace que el movimiento político tenga un devenir en el cual no hay un fondo alcanzable, tal como ocurriera en los gulag soviéticos o durante la revolución cultural maoísta: una vez eliminadas las instituciones del opresor, se descubre que su rasgo opresor está enraizado en su ser de tal manera que es imposible la convivencia con él, y las medidas persecutorias tienen un campo peligroso de avance.