UN LIBRO ABIERTO, UNA EDUCACIÓN ABIERTA: LA PEDAGOGÍA (POS)NEOLIBERAL Y SU METÁFORA DE LA GUERRA DE CLASES

Andrés Núñez Leites


1. Ciudad abierta


En una situación de guerra, una “ciudad abierta” es aquella que, ante la inminencia de la derrota, renuncia a su autodefensa para permitir que el enemigo entre y disponga del territorio, esperando que imponga un dominio piadoso y no se ensañe con cuerpos e infraestructuras rendidas. La analogía con el “Libro Abierto” de Eduy21 -una organización no gubernamental que intenta imponer una agenda pedagógica posneoliberal en Uruguay- es inevitable, y más allá de la autoconsciencia de los ideadores del título, el centro de su propuesta de reforma educativa también remite a aquella metáfora militar: se trata de crear un sistema educativo abierto, completamente permeable a la voluntad de los agentes políticos de las corporaciones capitalistas.


2. Conservadurismo high tech


La propuesta de Eduy21 es radicalmente conservadora. Un sistema educativo “menos burocrático”, pero para permitir una mayor ejecutividad de los impulsos del poder político-económico, o mejor dicho, económico-político o corporatocrático. Un sistema educativo “menos centralizado”, pero no en términos de autonomía pedagógica radical sino ejecutiva: en un símil con los “grupos de calidad” o más aún con la tercerización de servicios que caracteriza a la firma capitalista posindustrial, cada centro educativo es “autónomo” para ejecutar un sentido pedagógico decidido por las corporaciones capitalistas y vehiculizado por el sistema político partidario que ahora habrá de gobernar directamente la educación. Allí está si no, la “pedagogía de las competencias”, para botón de muestra, en la cual las habilidades -principalmente ejecutivas y de procesamiento de información- que se estimula en los niños coinciden palmo a palmo con la demanda empresarial corporativa de “habilidades laborales”. De aquí que Eduy21 solicite que la escuela sea más “responsable respecto de sus propios resultados”, tal como los unidades productivas pseudo-autónomas y/o tercerizadas de la firma son responsables por los objetivos de ejecución que se trazan para mejorar su auto-explotación.


Aunque pueda parecer paradójico, parte del conservadurismo de la propuesta del “Libro Abierto” radica en su progresismo moderno: la demanda de un sistema educativo “propenso a la innovación” puede leerse como una actualización del modernista así como una demanda estratégica de cese de la resistencia docente (sindical e individual). En el siglo XXI, apelar a la asociación moderna entre lo nuevo y el Bien, es ora un atavismo axiológico ora una operación retórica manipuladora. La misma “fractura social” que Eduy21 enuncia como objeto de sus desvelos pedagógicos, por no mencionar el desastre ecológico, son producto -que no desviación- precisamente del desarrollo tecnológico y del progreso capitalista. “Lo nuevo” en la modernidad capitalista, está alimentado por el lucro y orientado a éste; puede ser bueno en el sentido de la eficiencia en el manejo de recursos para la producción de ganancias, pero no necesariamente bueno para el bienestar de la humanidad. Pero socializados en esa ficción moderna, la mayoría de nosotros tiende a reproducir acríticamente esa asociación fácticamente falsa. Pero aquella “propensión a la innovación” es también una evocación de un cuerpo docente que no se resiste. Otra vez entramos en terreno militar: se trata de que la élite administradora del sistema pueda vencer, merced a la “planificación estratégica”, obstáculos “al cambio”, resistencias, inercias “corporativas” de los sindicatos e indolencias individuales de los docentes.


Es imposible tomarse en serio lo que se afirma en el Libro Abierto: que la inteligencia artificial y la robótica constituyen oportunidades para la igualdad social a escala planetaria. Quizás la organización se llame Eduy21 porque desconoce la historia del siglo XX y del siglo XIX. Pero desconoce también el presente: la mayor concentración de recursos financieros y técnicos para el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial no está en la medicina sino en el desarrollo de la industria bélica. Por supuesto que ambas disciplinas, la robótica y el desarrollo de inteligencia artificial, pueden usarse para causas humanitarias, pero no constituyen oportunidad alguna, o por lo menos no diferente esencialmente a cualquier otra tecnología, en la medida que el desarrollo científico y tecnológico no ocurre en el vacío, sino inscrito en las relaciones sociales de producción que, valga la redundancia, lo producen. Lo mismo ocurre con la educación.


3. Revolucionar las mentes y dejar la economía quietecita


El Libro Abierto apela a una “revolución de las mentalidades”, precisamente porque de lo que se trata es de no tocar la estructura económica, sino de someterse a ella, captar sus señales y traducirlas pedagógicamente para adiestrar a los futuros trabajadores y consumidores de acuerdo al mandato corporatocrático. La revolución tiene que ser “mental” porque el mundo material es algo dado, en esta lógica conservadora. Por ello la repetida y simple apelación al consenso y al acuerdo, como si no hubiese oposición de intereses en el campo económico, político y educativo. Claro que la hilacha a veces aparece, aunque no en el Libro, sino en alguna declaración pública de alguna insigne funcionaria de la ONG que, en sentido figurado, llamó a blandir un puñal contra los sindicatos de la educación. El Libro Abierto oculta su genealogía no por falta de autoconsciencia de sus redactores, sino por una necesidad estratégica: contribuir a la eficacia de las relaciones de fuerza que permiten su emergencia y la proliferación de su discurso, a través de un entramado simbólico pretendidamente neutral, destinado a ser asumido incluso por aquellos cuyos intereses se verán perjudicados por esta implantación pedagógica.


La apelación a la obra instituyente de José Pedro Varela en el último cuarto del Siglo XIX es sintomática de aquella violencia simbólica: presentarlo según el discurso historiográfico “de los grandes hombres”, como ejemplo de alguien que no se dejó constreñir por las restricciones de su tiempo, oculta el hecho que si bien el gran reformador escolar sorteó muchos escollos en diversos planos (administrativos, políticos, religiosos), en términos generales generó una institucionalidad cuyo sentido se sumó a las relaciones de fuerza imperantes. En el período de la primer modernización del Uruguay, la dictadura de Latorre alambró campos, reprimió a sangre y fuego a los gauchos -la plebe no proletarizada del medio rural-, trazó el ferrocarril para que saliera la producción ganadera hacia el puerto y para que el ejército llegara a todo el territorio y promovió la reforma vareliana. Esta última, lejos de nadar contracorriente, se inscribe como parte de una gran estrategia de construcción del poder estatal de la mano de los intereses de la oligarquía terrateniente y los capitales comerciales ingleses.


Sin embargo, la propuesta de Eduy21 no se presenta como vehículo para la acumulación del capital corporativo, sino como un modo de zurcir la brecha que separa a las clases sociales ya no sólo por niveles de ingreso sino por una “fractura” que se percibe en el orden cultural. El discurso de la derecha política, ahora asumido por la izquierda gobernante es el mismo: a pesar que hay “menos desigualdad” (lo cual no es mucho decir en América Latina, el continente de la desigualdad), la “cultura marginal” y su corolario de crímenes contra la propiedad y la vida, avanzan. La misma izquierda que lee la pobreza en términos de ingresos y de NBI en lugar del lugar que ocupan las personas en las relaciones de producción y su disponibilidad de medios de subsistencia autónomos -como querría cualquier interpretación socialista-, la misma izquierda que mantiene el salario mínimo de los trabajadores exactamente igual que la derecha neoliberal, haciéndolo coincidir con la canasta básica de subsistencia (biológica), y que atiza el consumismo como motor de la sociedad, se asombra por la “fractura social” y llama al sistema educativo para que cumpla una función imposible: restaurar la paz social allí donde la estrategia económica posneoliberal ha introducido la guerra como condición de acumulación.


4. El buenismo progresista y el sujeto que no responde


Finalmente una nota acerca del sujeto ficticio al que se refiere la propuesta de Eduy21. Suponer que un sistema educativo en el cual los establecimientos sean espacios de maravillosa armonía cívica y convivencia pacífica, de mutuo reconocimiento entre los actores, de participación democrática y en definitiva del Bien, sólo por obra y gracia de la institución es de una profunda ingenuidad. Y el salto inferencial siguiente: que dicha armonía restaurará la “fractura social”, es decir, eliminará la cultura marginal en beneficio de la civilidad, es un salto al vacío. Como lo he sostenido en otros lugares: suponer que la educación es la herramienta para la superación de la pobreza y de la cultura de la marginalidad -que como cultura de supervivencia recurre a la violencia como medio organizador- es una mentira idealista y conservadora. Idealista porque supone que la simple voluntad que se apoya en una idea, por bondadosa que sea, es suficiente para modificar el orden material de las cosas, o, en este caso, para que los chicos olviden los habitus con que vienen formados desde sus entornos comunitarios en aras de los valores de las clases medias y de paso se formen “plenamente” para salir adelante en la vida. Conservadora, porque oculta el hecho que la desigualdad no se origina en el sistema educativo ni este puede solucionarla: la misma radica en el sistema de producción. Como decían antes los izquierdistas -antes de gobernar, claro-: la única política social eficiente es el empleo. El buenismo progresista le habla a la nada, es decir, interpela como sujetos a quienes no están sujetados a los mismos códigos de valores ni lingüísticos, buscando convencerlos de las bondades de la cultura hegemónica; se trata de un no-diálogo, un monólogo en el que una parte dice de sí y de la otra, y la otra intenta obtener algún recurso de supervivencia, o patea y se va. La única educación transformadora de la pobreza podría darse en medio de un proceso social de la superación de la pobreza, acompañando un proyecto material concreto de autonomización no destructiva, es decir, en el cual los expulsados por el sistema económico acceden a alguna forma de producción directa de la riqueza. De lo contrario, usted puede diseñar escuelas inclusivas, con la mejor voluntad, pero no logrará nada, porque no estará transformando las condiciones de vida de las comunidades.


5. ¿Para qué futuro educamos?


El propósito de la reforma educativa posneoliberal no tiene nada que ver con la eliminación de la pobreza o la marginalidad. Éstas son más bien las justificaciones que pueden validar políticamente la propuesta. El propósito es mantener las relaciones de desigualdad, reproducir el sistema económico en la interna del sistema educativo y formar en la sensibilidad de los niños y adolescentes las predisposiciones comportamentales y emocionales que las corporaciones capitalistas reclaman. Un mundo de emprendedores, como quien dice.