POLÍTICAS DEL APRENDIZAJE

Por Andrés Núñez Leites

5 nov 2017


1. Ganas


La pedagogía neoliberal se presenta, entre otras cosas, como un intento de hacer del aprendizaje un proceso divertido, estratégicamente fundado en aquello que los estudiantes desean aprender. Es lógico que si se abandona el objetivo de enseñar un quantum de contenidos en aras del desarrollo de competencias cognitivas y laborales abstractas, a requerimiento de las empresas, cualquier tema sirve, siempre que permita "procesar información" y "resolver problemas". La escuela y el liceo neoliberal son una góndola de contenidos, donde los docentes son los empleados del supermercado y los estudiantes los clientes que circulan con un carrito donde van colocando conocimientos que sacan de las góndolas (se van haciendo consumidores competentes), según los requieran para solucionar tal o cual "problema" en el marco de una trayectoria individualizada de aprendizaje (el carrito y su desplazamiento). El problema es que aún en esta banalidad del aprendizaje como consumo, muchos chicos carecen de (¡horror!) disciplina, en el entendido de la capacidad de postergar la satisfacción de los impulsos y la búsqueda del placer en aras de un logro más lejano, acumulativo (¡más horror!), progresivo. Y es que las ganas, tomadas tanto variante devaluada del deseo, como capricho inmediato y veloz que carece de otra lógica que la del impulso, no pueden ser un sustento del aprendizaje, en la medida que éste es el contrario de la inmediatez y requiere trabajo, repetición, perfeccionamiento, hábitos. Menos aún en una sociedad en la cual las ganas son markéticamente controladas y aceleradas. Cual uróboros, la pedagogía neoliberal muerde su propia cola.


2. Deseo


Un nivel más elaborado es el del deseo. Mientras las ganas aparecen como una inclinación inmediata y rudimentaria, el deseo, si bien se funda en los mismos impulsos libidinales, requiere elaboración, ritual, construcción. Aquí el docente interviene no tanto como asistente sino como promotor que incentiva el gusto por un tema específico. Esta es una experiencia que muchos hemos tenido como docentes: proponernos, por ejemplo, fomentar el deseo por una forma artística (un arte, un artista, una obra o una serie de obras) a través de la exposición, el análisis, la narrativa y la elaboración práctica por parte de los estudiantes, y tiempo después observar cómo surge la demanda, el deseo y la satisfacción en contacto con el arte. Trabajar en la construcción del deseo honestamente implica asumir el rol civilizatorio de la escuela moderna y su autoritarismo: estamos aquí para darle a los chicos un repertorio experiencial al que no acceden en su casa -incluso más allá de las clases sociales por el propio funcionamiento de la casa como dispositivo- y de paso enseñarles unas modalidades de trabajo sobre dichas experiencias. Una variante demagógica reprobable consiste en incentivar el deseo por tal o cual tema y ocultar nuestra intervención, haciendo que parezca que los chicos eligieron de acuerdo a "su propio deseo".


3. Necesidad


Otra posibilidad es plantearnos cuáles son las necesidades de aprendizaje de los chicos. Aquí coliden dos versiones: la versión neoliberal y la visión moderna conservadora. Nótese que no digo "derecha e izquierda" porque en realidad las fronteras se desdibujan en este combate de líneas: el neoliberalismo pedagógico es abrazado tanto por la izquierda progresista como por la derecha empresarial y la reacción conservadora está en manos de la izquierda marxista y la derecha católica. Quizás podríamos plantearnos una lectura de clases, que comparto apenas a modo de esbozo: de un lado los empresarios y los profesionales high tech, del otro los funcionarios públicos, los remanentes del proletariado organizado y la pequeña burguesía conservadora. Para la versión neoliberal, los chicos necesitan adaptarse a la lógica del funcionamiento de la firma: competencias cognitivas y laborales para la flexibilidad funcional, la precariedad laboral, la formación y la autopromoción permanente como mercancía apetecible para el mercado, aprender procesando información con recursos informáticos para resolver problemas funcionales. Para la versión conservadora, necesitamos contenidos (porque estos incluso son la base de cualquier desarrollo de competencias cognitivas), cultura general, la retención y el dominio de los principales logros de nuestra cultura, como piso semiótico sobre el cual desarrollar luego cualquier trayectoria profesional o técnica. El debate es si lanzarnos de lleno al mundo globalizado donde hasta los estados nacionales decaen en favor de las firmas trasnacionales, o resistir en aras de una reconstrucción nacional conservadora o socialista.


4. Interés


Aún con la caída de los metarrelatos modernos de la revolución socialista centrada en el poder del Estado y el progreso burgués fundado en la ciencia y la tecnología y su efecto de derrame sobre las masas, la pregunta filosófica sobre nuestro destino como sociedades y más allá, como humanidad, vuelve a emerger sobre la base de la catástrofe ecológica. Dada la evolución del capitalismo se vuelve difícil pensar en términos de un "interés de clase", como en tiempos modernos, y traducir las necesidades de aprendizaje de los chicos en términos de "emancipación", en aras de la asunción de la gestión de los medios sociales de producción, sobre todo si nos mantenemos dentro de un esquema económico signado por flujos desterritorializados y una creciente pérdida del empleo como fenómeno estructural y masivo. En todo caso, una visión que no contradice esa mirada materialista típica de la izquierda obrerista, pero que le agrega la riqueza de las soluciones autonomistas de las pequeñas burguesías (las bases del anarquismo y los socialismos utópicos que odiaba Marx), es pensar en términos de un futuro pos-laboral. Es decir: la autonomización creciente del sistema económico en relación con su base social está llevando a que el empleo permanente y estable en el aprato productivo sean fenómenos marginales y la regla sea la precariedad. En ese contexto prepararse para la supervivencia adquiere toda su relevancia. Demos un paso más: no sólo prepararse para el decrecimiento económico, sino pensar el decrecimiento como estrategia de emancipación puede ser quizás la única clave liberadora actual. Entonces, junto a la formación en habilidades cognitivas y contenidos básicos de nuestra cultura general, la educación tendría que volver sobre los fundamentos de las necesidades humanas. Sería el interés de los estudiantes, visto aquél como una necesidad anclada en su pertenencia social, y con una óptica liberadora, aprender a cultivar alimentos en una huerta orgánica y comunitaria, purificar y abastecerse de agua, construir una vivienda con materiales orgánicos del entorno, elaborar vestimenta, producir e intercambiar bienes en una economía de escala humana, cooperar de manera horizontal para resolver conflictos y tomar decisiones válidas para un colectivo humano en un territorio de convivencia.