ORESTES

10/19/2017

Por Andrés Núñez Leites


Orestes es una pieza cinematográfica brasileña de 2015, que combina elementos de documental y ficción, dirigido por Rodrigo Siqueira, quien también aparece de manera protagónica delante de cámaras en algunos momentos clave.


1. Justicias


Un problema central en la película es el de la justicia. Es un recurso acertado la recurrencia al relato de Orestes y podría decirse que todo el relato conducente a la venganza es un síntoma de una situación de impunidad propia de una sociedad pos-genocidio. La ausencia de una justicia propiamente dicha, y el perdón que no proviene de las víctimas sino de una amnistía organizada por las mismas fuerzas que apoyaron a los victimarios, da lugar a una herida social, que a nivel personal es una herida emocional, que no puede cerrarse. En todo caso, el perdón puede ser una solución colectivamente sana, que abreva -así como la venganza- en una larga tradición judía y cristiana, pero sólo puede venir luego que se haga justicia. No antes. Y tiene que venir de las víctimas. En todo caso, la "reconciliación" que han promovido las derechas (y las izquierdas cómplices) en países como Brasil y Uruguay, es una parodia, en la medida que no proviene de una reparación del daño a través de la justicia y de un posterior perdón por parte de las víctimas. Obviamente, no se puede perdonar a quien no se arrepiente de nada. Entre la impunidad que es el estado actual de cosas, y la venganza con la que coquetea la película, hay otras dos variantes posibles y más deseables: la justicia formal y el perdón. Lamentablemente, no transitamos por ninguna de ellas.


2. Genocidios


Un rasgo muy interesante de la película es intentar unir la represión política de los años 1960 y 1970 con la represión policial contra los pobres en la actualidad. El terror dictatorial y el gatillo fácil policial contra los favelados. No es una mala idea desde el punto de vista teórico. Puede decirse que el genocidio como práctica del Estado moderno es la clave para unir estas dos modalidades de represión. La secularización moderna trajo un efecto indeseado para el poder estatal y de las clases dominantes: la posibilidad de la autonomía creciente de los colectivos obreros, de artesanos, de campesinos y de la plebe no proletarizada abocada total o parcialmente a la delincuencia. El "cuadrillage" social (que ahora incluye cámaras y chips), la identificación de zonas de guerra, la aplicación del terror y la tortura, la licencia de facto para matar a determinadas categorías sociales pueden verse como mecanismos de una continuidad represiva que el Estado asume incluso por encima de las opciones políticas (de "derecha" o "izquierda") del poder político.


3. Infiltración


Un tema secundario en la película, pero que habilita a la reflexión es el caso de la infiltración de las guerrillas. En los ámbitos de izquierda es habitual señalar con dureza al discurso derechista que se resume en frases del tipo "para qué se metieron" o "ellos sabían el riesgo que asumían", en la medida que constituyen recursos discursivos típicamente empleables para culpar a las víctimas de la represión. Sin embargo, la denuncia de tal operación pseudo-argumentativa no puede implicar un punto ciego por el cual quienes se levantan contra el Estado, y especialmente quienes lo hacen desde el uso de la violencia, no perciban su responsabilidad en el juego, en la medida que, aunque sea injusto y desproporcionado, es obvio que sus acciones habilitan y legitiman públicamente el contragolpe de las fuerzas represivas. Y en este sentido, un tema derivado que ha sido prácticamente un tabú, o por lo menos un tema silenciado, ha sido el de la infiltración de las guerrillas de izquierda, no sólo por las fuerzas de seguridad locales, sino también por los servicios de inteligencia de las principales potencias. Hay dos elementos lógicos a tener en cuenta: si observamos cualquier escenario bélico actual, por ejemplo Siria o Irak, allí veremos que los actores mencionados siempre juegan a dos bandas, es decir, buscan influir -entre otras formas mediante la infiltración- en todos los actores de los conflictos, para hacerlos actuar en su beneficio. Pues bien, esa forma de operar ha sido históricamente frecuente también en el siglo XX. Nada hace pensar que no se aplicara aquí en América del Sur. El otro elemento es que algunos errores cometidos por las guerrillas de izquierda han sido tan oportunos para las fuerzas de seguridad y su legitimidad pública, que cuesta creer que no tuvieran detrás la influencia de la infiltración estatal o de los servicios de inteligencia extranjeros. Pensemos en errores "clásicos" de las guerrillas de izquierda en América Latina y tal vez allí podamos hacer una lectura que los reinterprete como errores inducidos para favorecer al bando estatal: el asesinato de soldados por parte del MLN en 1972, la toma de la embajada de Japón por parte del MRTA en Perú en los años 1990. Pensemos también en escenarios de triunfo parcial, como la avanzada de las FARC en Colombia -en parte con armas norteamericanas traficadas desde Perú- que terminó por decidir al gobierno para la firma del Plan Colombia y la consiguiente directa intervanción de EEUU. El uso de las guerrillas de izquierda por parte de los estados o de grupos económicos y políticos específicos que desde la derecha buscaban desestabilizar a los estados, es un tema que de investigarse nos ayudaría a tener una perspectiva mucho más rica de nuestra historia reciente.


4. Forzar la realidad para que encaje en el relato


De manera sintética, los acontecimientos del texto de Esquilo, en que un hijo mata a su padre en venganza por el asesinato de su madre, se reeditan en una narración que busca aplicarse a una situación real de Brasil. Específicamente la pieza busca una analogía con la historia de Ñasaindy Barret, hija de Soledad Barret, guerrillera de izquierdas asesinada luego de un combate contra el ejército brasileño -habiendo tenido este último la colaboración del amigo/amante de Soledad, el Cabo Anselmo, un militar infiltrado en la guerrilla, o quizás un militar que luego devino guerrillero y luego se arrepintió y volvió al redil del ejército, traicionando, cualquiera sea el caso, a sus camaradas guerrilleros y entregándolos a la muerte. Para que el drama cierre á la Esquilo, se introduce la duda respecto de la paternidad de la hija de Soledad, en la medida que su históricamente supuesto padre (un guerrillero de izquierdas muerto en combate) y el Cabo Anselmo compartían espacios y, quizás, el romance con la guerrillera. Es así que Ñasaindy es puesta en situación de hacer justicia.


El problema es que la joven mujer tiene un mundo espiritual y afectivo mucho más rico que lo previsto por la narrativa de la película. Esto se nota cuando en las sesiones de psicodrama, en que la joven participa junto a otras víctimas de la violencia estatal de la dictadura y del Estado democrático actual, llega a expresar, en lo que personalmente siento que es el momento más conmovedor y bello de la película, por su valor estético y también por su valor humano, que sueña con que el Cabo Anselmo se ponga de rodillas, a sus pies, llore y se arrepienta. La hija de la guerrillera traicionada tiene esperanzas en la humanidad, y a pesar del dolor sufrido, no ha perdido su inocencia. El director-protagonista, que por momentos parece arrebatar también el rol de la coordinadora del psicodrama, se encarga de decirle a viva voz que eso no es posible, porque el militar no se arrepiente de lo hecho -como pudo el espectador ver un poco antes en una entrevista hecha por un canal de TV, que se reproduce en una pantalla de computadora a través de Google.


El final del drama de este Orestes es problemático. Ñasaindy llega a una sesión de psicodrama luego que el resto del grupo, en su ausencia, fuera imbuido de la narración de aquel relato, pero en una versión brasileña que coincide palmo a palmo con su peripecia personal y rompe a llorar. Se quiebra emocionalmente y se defiende diciendo: "O Rodrigo sabe da minha história...", siendo esa defensa derribada por la coordinadora del psicodrama, que la abraza y no da lugar al pedido de silencio, y le pide que hable. No puedo pretender en esta sencilla nota saldar un debate que tiene décadas en torno al psicodrama y el respeto por las resistencias al diálogo, y puedo entender que sus defensores argumenten en torno al poder terapéutico de la ruptura de las defensas de los participantes, pero también me permito decir por un lado que he visto grupos humanos devastados por el psicodrama, sin munirse luego de herramientas de reconstrucción -no podemos saberlo respecto a los participantes de la película, porque la misma se corta en un momento de clímax que ahora mencionaremos- y por otro lado me parece de algún modo brutal, invasor de la intimidad del paciente o participante. Debemos plantearnos respecto del psicodrama la duda epistemológica y ética en torno al carácter auténtico o producido de la expresión del paciente; es decir, la reacción, cuando es producto de la presión del terapeuta y/o del grupo: ¿vale como expresión de un acontecimiento traumático de la vida del paciente o es más bien un producto nuevo, ajeno a su mundo interior, o en todo caso resultante de la interacción entre ese mundo y un entorno artificial cuyo sentido es controlado por el terapeuta?


Pero el problema ético de este Orestes va más allá de la ética del psicodrama, y tiene que ver con la forma en que el texto cinematográfico se teje: si se pone frente a cámaras a personas reales, hay que respetar su nivel de realidad, los relatos con que se sitúan en el orden de lo histórico, y no forzarlos a reproducir el relato que quiere el director. Volvamos a la película: luego que la chica se quiebra, se la invita a hablar con Cabo Anselmo, que es entonces representado, anticipará usted, amable lector, por Rodrigo, quien asume el discurso "patriótico" de los militares para provocar a los presentes, justificando el terrorismo de Estado como una misión de salvaguardia de la Patria, entre otros giros típicos del discurso de los sujetos del terror. Digamos que logra su objetivo, hacer que los (no)actores cierren el relato de Orestes atacándolo, recurriendo a la venganza. El final de la última escena incluye a un gentilhombre ex-guerrillero y ex-preso político tomándolo del cuello, a pesar que al comienzo de la película había contado que su triunfo personal había sido superar el deseo de venganza a través de la terapia. Pero el logro no es total: la hija de Soledad no insulta y tampoco ataca físicamente; no se enloda en la venganza, aunque simbólicamente otros quieran matar en su nombre, y mira más bien con desazón una escena de cuyo nivel de realidad por momentos busca escapar con una risa nerviosa que nos recuerda que se trata de una película y de un psicodrama.