¿INCITACIÓN MEDIÁTICA?

/Por Andrés Núñez Leites/


Nos contó alguna vez el profesor Bayce que allá por los lejanos 1980 un
niño asesinó a un policía en Montevideo. Nadie podía explicar la fuente
de tal aberración, así que la hipótesis hegemónica fue que había sido
influido por las "maquinitas" -como entonces se llamaba a las consolas
de juego que funcionaban en salas para ellas destinadas en la era previa
a la masificación de las computadoras personales y las consolas de juego
portátiles. En las maquinitas, juegos como Mortal Combat y Double
Dragon, entre tantos otros, ofrecían diversión a cambio de monedas; una
diversión que, en la mayoría de los casos, se reducía a atacar a los
enemigos virtuales con balas y golpes de puño. Entonces la Intendencia
de Montevideo prohibió las maquinitas. Poco tiempo después las
rehabilitó, pero para mayores de edad. 

La tentación de censurar el arte y el entretenimiento sigue las premisas
de una "biblioteca" que podríamos llamar "de la incitación", y que
supone que la exposición de la población (infantil y adulta) a modelos
de conducta rechazados por la cultura hegemónica -por ejemplo a formas
de violencia y/o al ataque a categorías sociales protegidas- supone una
directa incitación al "pasaje al acto" de conductas indeseadas que, de
no ser por dicha incitación, permanecerían en el plano del deseo. De
allí que, en relación al manido caso de la recolección de firmas contra
la televisación del teleteatro turco "Esposa joven", los activistas
estén siguiendo la lógica de este discurso, pensando que dicha
telenovela, en la cual una niña lucha contra un matrimonio forzado con
un joven adulto, estaría funcionando como modelo e incitación para los
varones adultos con inclinaciones hacia la pedofilia. 

Esta relación entre varones adultos y chicas adolescentes es
relativamente común en Turquía, legitimada por la raigambre religiosa y
tradicionalista en las zonas rurales y en los suburbios donde los
habitantes del campo han ido a parar tras la imposición, allá también,
de la agricultura industrializada de las Corporations, pero también es
común en el Uruguay, aunque no se ritualice mediante el matrimonio sino
por el acuerdo familiar informal, en las zonas donde la pobreza niega a
las niñas y adolescentes otro destino que la maternidad y la dependencia
frente al varón o la familia materna. O sea que se trata de un problema
social real, y bastante más recurrente que aquel reflejado en la
anécdota con que iniciamos este relato. La preocupación de los grupos
feministas y más en general de las personas sensibilizadas ente este
problema es, a todas luces, legítima.

Pero volvamos al plano teórico: la "biblioteca" contraria a la de la
incitación es la de la "substitución". Según ésta, la violencia en el
arte cumple la función de sublimar los impulsos violentos en conductas
socialmente aceptables (por ejemplo la creación y la contemplación de
una obra de arte o la ejecución de un videojuego). Una consecuencia de
este discurso, es que la violencia representada no sólo no es negativa,
sino que, hasta cierto punto al menos, cumpliría una función socialmente
saludable. Es desde esta perspectiva que, por ejemplo, se entiende
también que los deportes son no sólo una metáfora de la guerra, sino una
forma socialmente aceptable de canalizar la agresión y la competencia. 

Una síntesis posible de los dos puntos de vista es que el arte y el
entretenimiento que representan conductas violentas (como violencia
física, pero también como conductas socialmente ilegítimas en general)
tienen un efecto de substitución, específicamente, de conversión del
impulso en representación simbólica y socialmente controlada del
impulso, pero que, en el caso de ese pequeño porcentaje de individuos
desequilibrados, es decir, dispuestos a convertir la fantasía en
realidad, sí funcionaría como incitación. El problema político y ético
está en cómo resolver este problema y cuál sería el daño mayor y menor.
Es decir, se trata de una estructura de decisión con costos y
oportunidades. Si en nombre de la no incitación a los desequilibrados,
por más que sean estadísticamente despreciables, estamos dispuestos a
privar a la mayoría de la población de la posibilidad de asistir a obras
de arte y entretenimiento que para dicha mayoría tendría un efecto
positivo en términos de los valores hegemónicos, el costo podría ser,
paradójicamente, la generación de un mayor número de casos de violencia
no deseada, por la privación de las oportunidades de substitución y
sublimación mediante el arte y el entretenimiento. En el caso contrario,
si permitimos la libre circulación de la violencia en el arte y el
entretenimiento, corremos dos riesgos: por un lado, la activación de ese
"pequeño porcentaje de desequilibrados que de cualquier modo cometerían
los delitos", y por otro, para la población en general, para los
integrados y respetuosos de las normas sociales, el de aceptación
pasiva, es decir, normalización o naturalización de la violencia no
deseada, "como un dato más de la realidad". 

Posiblemente la solución más apropiada sea la moderación, esa que
convencionalmente sugiere limitar la exposición mediática al arte y el
entretenimiento con contenidos violentos no deseados a los tiempos y
espacios sociales exclusivos de los adultos. En el caso específico del
matrimonio y el embarazo adolescente en el Uruguay, seguramente convenga
modificar la ley para que aún con la anuencia de la familia no puedan
contraer matrimonio los menores de edad, pero sobre todo, en la medida
que el fenómeno pasa principalmente por canales no formales, brindar
oportunidades para que las adolescentes pobres no tengan la maternidad y
la sujeción al varón adulto como único destino, del mismo modo que los
varones adolescentes pobres no tengan la delincuencia o el sometimiento
al trabajo asalariado con salario mínimo como único destino. Aquí no
tanto se contradicen como se encuentran, o deberían encontrarse, las
demandas de los grupos de interés de las mujeres y las clases
trabajadoras y de la plebe no proletarizada. Digo más: si estas demandas
no se encuentran, se camina hacia la injusticia, porque ora se lucha por
la discriminación positiva para las mujeres y la conservación de un
sistema social radicalmente asimétrico, ora se lucha contra el
capitalismo y se pospone indefinidamente el problema del poder en la
relación entre los géneros, sin entender que el sometimiento de la mujer
a la función de reproducción de la fuerza laboral ha tenido una función
clave en la construcción del orden de dominación capitalista.