VERÓNICA Y NICOLÁS: ESTEREOTIPOS DE GÉNERO EN LA LITERATURA INFANTIL

30.08.2016 20:45

Por Andrés Núñez Leites


La obra, en forma de guión de teatro, está disponible en un sitio gubernamental uruguayo* y el aval estatal no es un dato menor en tanto marca una legitimidad del texto, que por otra parte se corresponde con el aprecio masivo a los trabajos de Ignacio Martínez, que son pan de cada día en las actividades de literatura en las escuelas uruguayas. Esta obra en particular llega a mis manos por casualidad (a través de una estudiante de magisterio) y llamó mi atención por el perfil marcado de los géneros, tan marcado que no se condice con mis observaciones cotidianas en las escuelas donde he trabajado, lo cual me lleva a pensar en el rol de los estereotipos de género en la literatura infantil y la posible afectación en términos de auto-imagen a las nuevas generaciones.


En cuanto a la línea narrativa, la obra va mostrando el pasar de una jornada previa a un “cumpleaños de 15”, desde la cotideaneidad de Nicolás y Verónica, los dos personajes principales, que primero tienen que lidiar con su entorno familiar, sus amigos, su liceo y que sobre el final coincidirán en la fiesta e iniciarán un romance.


Nicolás se levanta con inmensa pereza, torpeza y lentitud. Se viste con enredos frente al público. Se pone su buzo al revés, tiene problema con los zapatos deportivos y no encuentra nada.


Desde el comienzo, Nicolás es retratado dentro de un estereotipo de masculinidad negligente: torpeza, pereza, lentitud, mal vestir. Curiosamente -pero no por ser una curiosidad es menos importante- es posible que la escena de Nicolás levantándose y vistiéndose mal despierte complicidad y risas del público, en la medida que está socialmente admitido reírse de los estereotipos de género masculino y toda la escena evoca un estilo de humorada de payaso. Claro que no se condice con la realidad: muchos varones son hábiles, metódicos y están bien despiertos.


Verónica se lava la cara diez veces, cepilla sus dientes como lustrándolos y se peina mil veces, mirándose al espejo desde todos los ángulos, como una modelo. Mientras tanto Nicolás está como un zombi frente al espejo y apenas moja sus dedos y humedece sus párpados. Ella está perfectamente peinada. Él está todo despeinado.


La niña, en esta distinción binaria masculino/femenino, también es un estereotipo clásico: puntillosa -casi obsesiva-, pendiente de las apariencias y de la mirada de los otros, dedica tiempo y esmero al arreglo personal. En el mundo real, hay muchas niñas que dedican horas a embellecerse frente al espejo, así como hay unas cuantas que se atan una colita, se lavan la cara y se ponen ropa deportiva.


Verónica y Nicolás salen de sus baños, al mismo tiempo, en los extremos del escenario. Ella está impecablemente vestida de uniforme liceal. Él tiene la camisa por afuera, la corbata corrida y está todo despeinado.


La obra recurre varias veces a la comparación entre los dos estereotipos, que se confirman una y otra vez. El estereotipo, por otra parte, no se condice con lo que observamos en los chicos adolescentes, pues tanto las niñas como los varones, suelen estar bastante pendientes y conscientes de la mirada de los otros, siendo muy frecuente que los varones dediquen cierto tiempo al cuidado de la apariencia personal.


Ambos actores, en cada extremo, se sientan a desayunar. Ella parece estar en una delicadísima confitería. Él engulle como una aspiradora. Luego, al unísono, se preparan para salir de sus casas. Ella se mira diez veces en el espejo y coloca la mochila con una sola correa, casi al descuido, pero meticulosamente pensado. Él toma un atado de libros y los arrastra.


Aquí la comparación es grotesca: se coloca a Nicolás cerca de la barbarie, come para satisfacer sus instintos, mientras Verónica muestra su civilización. Una vez más: las acciones de la niña son meticulosas, las del varón son bestiales; ella se mira diez veces y “coloca” la mochila, él “toma un atado de libros” y “arrastra”.


Los varones se encuentran en un extremo del escenario. Las chicas en el otro. Emiliano también es un chico desprolijo y desordenado. María José, por el contrario, igual que Verónica, cuida hasta el más mínimo detalle.


Aquí la generalización es patente: por si no quedó claro, todas las niñas de la obra son cuidadosas y todos los varones desprolijos.


Nicolás: Hoy tengo Historia y no estudié ni un pito.


El varón no tiene interés o voluntad por el estudio. Es verdad que, estadísticamente, los varones en secundaria y en la universidad, tienen una performance inferior, aunque ello nunca se haya problematizado, y por lo tanto no se les ayude a mejorar sus rendimientos con algún tipo de política educativa especializada. Sin embargo, muchos varones sí tienen una muy buena escolaridad.


Nicolás: "(...) yo me tengo que quedar a cuidar a mi hermano." [Por eso cree que no puede asistir al cumpleaños de 15]


Por fin, en esta cita, aparece un rasgo bondadoso y humano en Nicolás, aunque con un matiz: el niño no expresa que sea su deber cuidar a su hermano menor, sino una tarea que ocurre como una fatalidad: como su madre trabaja él “tiene que” cuidar a su hermano, dentro del arreglo familiar en que vive, “monoparental con jefatura femenina”, como suele catalogarse en las encuestas. Véase el siguiente pasaje:


Voz de mujer: Nicolás, no te burles [del abogado] que bien nos arregló los líos con tu padr...bueno, pero para qué vamos a hablar de eso ahora.


En la obra no hay varones adultos responsables que cuiden a sus hijos. Más allá de los prejuicios, en Uruguay solamente 1 de cada 10 hogares uruguayos son monoparentales, y a su vez 1 de cada 10 hogares monoparentales (1/100 del total de hogares) están constituídos por el padre y los hijos, siendo 9 de cada 10 formados por la madre y los hijos (9/100 del total de hogares). De lo anterior se desprende que 90/100 hogares tienen arreglos que en muchos casos incluyen a varones adultos. Si al amable lector no le gustan los números, haga una observación directa en la puerta de cualquier escuela o colegio y verá una mayoría de mujeres y unos cuantos varones, cada vez más, esperando a los niños. Pero en la obra, el padre parece un fantasma, y un fantasma malvado que generó problemas a la familia “monoparental con jefatura femenina” y del cual hubo que defenderse mediante un abogado.


Verónica: La verdad es que nunca había reparado en este flaco, pero me está gustando, baila bien, parece más vivo que esos pesados que se la pasan hablando de fútbol, sexo y televisión.


Nicolás: ¡Qué cinturita tiene esta Verónica! La verdad es que me está gustando.


Aquí se reproduce el tema clásico de los problemas de comunicación entre los géneros debido a una mentalidad diferente. Es un asunto discutible y aceptable. El problema es cómo lo resuelve la obra: la chica ve en el varón dos rasgos positivos: los dotes para el baile (que contradicen la torpeza del inicio de la jornada, aunque dicho devenir es posible) y la viveza, que se opone a otros varones que tienen el fútbol, el sexo y la televisión como único guión en su habla cotidiana. El mundo de los varones es un mundo infame, pero aquí aparece un miembro rescatable, diríase. Del otro lado, el chico es fatalmente superficial: aprecia el cuerpo de la chica. Ella tiene en mente la convivencia y la comunicación, él el sexo.


Verónica se muestra absolutamente insinuante, casi se exhibe con los ojos cerrados y la boca en trompita.


Verónica: Dale, flaco tímido. Nicolás: Ahí voy.


Aquí se reproduce la dicotomía clásica mujer pasiva / varón activo, dentro de la cual es la parte pasiva la que ofrece los signos que habilitan al contacto, pero no puede tomar la iniciativa. En una escena anterior, durante el baile de música romántica en el cumpleaños, ella espera a que él la tome de la cintura para colgarse de su cuello, aquí pone trompita para que él de el paso y la bese.


Una obra literaria no tiene ninguna obligación de ser realista y puede emplear personajes absolutamente fantasiosos. Sin embargo, cuando hablamos de literatura infantil, tenemos que ser conscientes de las imágenes, de los modelos o anti-modelos de persona que estamos mostrando a los niños. Algunas pensadoras feministas alertaron, desde hace tiempo, acerca de los estereotipos de género en los cuentos infantiles clásicos, que reproducen una imagen de mujer sensible y buena, débil víctima, incapaz de resolver sus situaciones existenciales sin ser rescatada por un valiente e inteligente varón. La reversión de esos estereotipos de género no implica otra cosa que la consolidación de las diferencias de género, la reproducción de un binarismo cuestionado teórica pero también prácticamente desde la enorme variabilidad de los devenires personales. Si esa reversión, por otra parte, aunque se haga en nombre de la elevación del valor social de la mujer, procede a través de la promoción de estereotipos de varones como Nicolás, estamos frente a un fenómeno que debería llamarnos a la reflexión y a la acción, tanto a los padres como a los docentes y a los intelectuales, en la medida que ofrece a los niños un modelo de masculinidad negativo, a través del cual los varones aprenden a verse representados como seres defectuosos, inspirados por valores superficiales, mal educados y poco inteligentes, afectando su identidad de género y su autoestima.


Notas:


* www.dramaturgiauruguaya.gub.uy/obras/vedronica-y-nicolas/bajar/ [Último acceso, 30/08/2016]