HIJAS Y PADRES

24.06.2016 22:14

/Por Andrés Núñez Leites/


Acaba de comenzar un invierno inusualmente frío en Montevideo. Me muevo por las calles de la Ciudad Vieja, aprovechando un par de horas libres para hacer algunos mandados, entre ellos, comprar un par de libros para mi hija, que cumplirá siete años en pocos días.


-En lo posible que esté escrito en mayúsculas -me había pedido con su voz de campanita-, si está en minúsculas igual comprame que ya puedo leerlo, aunque bastante más lento y tal vez tenga que pedir ayuda.


Con un estado de ánimo acorde a esas palabras en mi memoria entro en una librería del barrio; un edificio de comienzos del siglo XX, con ascensor de rejas y por todas partes madera, mucha madera oscura y esa atmósfera de templo del saber que tienen las ubicadas en el casco antiguo de cualquier ciudad. Elijo un par de libros que me parecen adecuados y cuando llego al mostrador le pido a la vendedora, una chica de unos veinticinco años, que los envuelva por separado.


-¿No son para la misma persona? -me pregunta.


-Sí -le digo-, pero si abre dos envoltorios disfruta más la expectativa.


-Si le hace sentirse mejor padre...


La respuesta es tan ácida como inesperada. No logro responder. Generalmente nunca logro responder en el momento en que soy o me siento atacado. Carezco de la inteligencia o la agilidad mental de la rápida respuesta, de la daga que venga otra daga. Atino a levantar las cejas y reírme un poco, sin intención de burlarme, pero sabiendo luego que puede interpretarse como un gesto de burla. Lo sabemos: una vez que se sonríe, el signo está escrito para ser leído más allá de nuestra intención.


Me voy con los libros de regalo y en el camino imagino a esa chica y un padre abandónico, o un padre expulsado. O que tiene un mal día y quiso desquitarse conmigo. No sé.


Ando unas dos cuadras y entro a un kiosko. Allí, me atiende una chica más joven, de unos diecinueve años. Le pido "papel de regalo para nena" y una cintita. La forma en que describí el papel de regalo le hizo gracia y me sonrió por primera vez. Me trae las dos cosas. La cinta es del tipo que se arma automáticamente tirando de la parte más fina del medio. Estoy seguro que no voy a poder lograrlo sin romperla o que quede torcida.


-¿Cómo funciona? -le pregunto aterrado.


-Tira de acá y se arma sola. Si quiere se la armo. -Me mira sonriendo, de modo a la vez pícaro y condescendiente. Conozco esa mirada: se la he visto a mis alumnos de doce cuando me ayudan con algo que no sé hacer o finjo no saber hacer solo.


-Te lo ruego -le digo y se ríe.


Me entrega las cosas. Le agradezco. Más sonrisas. Nos deseamos un buen día.


Ya en la vereda la imagino conversando en paz con su padre un día cualquiera. Me pregunto cómo será mi hija a su edad. Sigo caminando.