LA PEOR SOLUCIÓN PARA EL PROBLEMA DE LOS REFUGIADOS SIRIOS

24.01.2016 16:59

/Por Andrés Núñez Leites/


En su momento, cuando parte del pueblo uruguayo se felicitaba exultante por la solidaridad que el gobierno había permitido expresar mediante la acogida de refugiados sirios, señalamos que si bien la idea era oportuna y la apoyábamos, veíamos en la oportunidad un rasgo demagógico, propio de los períodos pre-electorales, que coincidía además con el pico de la proyección internacional de la imagen del entonces presidente Mujica como héroe de la humanidad (bondadoso, sabio, humilde, ex-guerrillero ahora pacifista, filósofo del sentido común sobre los grandes temas). Decíamos también que, a nivel colectivo, vivíamos un momento narcisista: los uruguayos nos felicitábamos por nuestra solidaridad, principalmente porque espejados en los titulares de la prensa local e internacional eramos reconocidos como solidarios. Acoger inmigrantes era una larga tradición local, tan larga que incluso ha servido para consolidar el mito racial europeísta, que reniega de la ascendencia africana e indígena y se plasma en la frase "los uruguayos descienden de los barcos". Pero en esa larga tradición, no había experiencias como la de recibir refugiados en las condiciones del siglo XXI, es decir, no simplemente dejándolos radicarse aquí para que buscaran trabajo por su cuenta, sino brindándoles lo que se exige actualmente a nivel mundial cuando se realiza un plan serio de integración: apoyo social, psicológico, lingüístico, laboral. Para que la experiencia traumatizante del desplazamiento forzado por la guerra no se reproduzca como experiencia de ajenidad y exclusión, sobre todo cuando, como en este caso, hay una distancia cultural significativa, el país que abre sus puertas a los refugiados debe poseer un andamiaje importante, tal que pueda permitir la integración paulatina a la sociedad local, e ir retirándose luego, en la medida que la misma se va dando en los hechos. Muy diferente a lo que se hizo, signado por la mejor voluntad pero acompañada ésta por la improvisación y la inestabilidad.


Luego viene el enojo de parte de la población con los refugiados cuando, al descubrir la escasa protección estatal que habrían de recibir, además del engaño respecto al nivel de vida de la población local, se manifiestan frente a la sede gubernamental pidiendo ayuda para irse a Europa. La situación es análoga a la de los padres de un hijo adoptivo que se sienten decepcionado porque se porta mal y no tiene buenas notas en la escuela. ¿Acaso esperábamos otra cosa? Cuando se trae gente de otros lares, se las trae junto a su historia, sus expectativas y sus puntos oscuros. Si en Uruguay las cifras de violencia doméstica contra las mujeres es vergonzosa, ¿por qué habríamos de esperar otra cosa de los refugiados? Esto no quiere decir dejar de intervenir ni respetar pautas localmente inaceptables, sino tomarlos como parte de la población local e intervenir del mismo modo. La propuesta delirante de traer sólo mujeres y niños y el arrepentimiento del presidente por haber errado de "target" caritativo por haber traido gente educada, urbana y de clase media, en vez de gente no educada y de clases populares, capaz de aceptar cualquier condición sin chistar, fueron los puntos más cuestionables de la respuesta, hasta ahora, en que, según maneja la prensa, se decide lisa y llanamente no traer más refugiados. Para el pensamiento de la izquierda es necesario tener en cuenta las palabras del ex-presidente, porque su crítica del aburguesamiento de los refugiados, si bien en una primera mirada puede parecer "de izquierda" es estrictamente lo contrario, en la medida que no aspiraba en cambio a traer proletarios ni campesinos revolucionarios, sino campesinos que agacharan el lomo. El discurso neoliberal de la "cultura del trabajo" que han ayudado a promover los líderes frenteamplistas de la central sindical uruguaya tiene que ser aislado por su carácter reaccionario y conservador.


Finalmente, parece que, crisis económica mediante, el gobierno se ha decidido a, luego de varias dilaciones, no traer más refugiados. Esto plantea inicialmente dos órdenes de problemas. Primero un problema ético: si se estuvo trabajando durante estos meses con un grupo de familias sirias en sus actuales campamentos en Líbano, se les habrá generado falsas expectativas, y esto es gravísimo, porque habrán suspendido otras posibilidades e incluso tomado decisiones de orden patrimonial, además de prepararse mentalmente, hablar con los niños, enseñarles imágenes sobre Uruguay, en fin, hacerse a la idea de migrar hacia nuestro país. Si, como se anunció en la prensa, se estuvo trabajando con otras familias para preparar su viaje a Uruguay, el Estado uruguayo estaría cometiendo un perjuicio emocional y tal vez económico en su contra. Segundo, un problema de orden cultural aquí en Uruguay. Como colectivo humano concreto que somos, los uruguayos vamos resolviendo nuestros problemas colectivos y en cada resolución aprendiendo sobre los problemas concretos, sobre la forma de resolverlos y sobre nosotros mismos. ¿Qué aprendizaje colectivo estamos haciendo si ante las primeras dificultades, causadas principalmente por errores de diagnóstico y de implementación cometidos por uruguayos con responsabilidad de gobierno, suspendemos nuestra proclamada solidaridad y recurrimos a la proyección de la culpa precisamente en los sujetos de nuestra acción solidaria? ¿No deberíamos asumir los errores y darnos la oportunidad de resolver bien las cosas? Conozco mucha gente con capacidad en las áreas que se requiere para un correcto trabajo de integración de refugiados, y los motivos financieros que se puedan aducir para suspender la recepción de más refugiados no me parecen de recibo teniendo en cuenta la millonada de dólares que se derrocha en los sueldos de lujo de los altos funcionarios de gobierno nacional y departamental, en las licitaciones generosas a algunas empresas que contrata el ejecutivo, en los sueldos y prebendas de los parlamentarios, en el sostenimiento del atraso cambiario, en los privilegios fiscales cuasi-coloniales a las empresas trasnacionales y al capital financiero. Ojalá el gobierno revierta esta decisión y tengamos la posibilidad de generar un aprendizaje colectivo de toda esta situación tan difícil como humana.