LA DANZA DE LA FAST SCHOOL

15.12.2015 12:39

/Por Andrés Núñez Leites/


La profesora de danza toma una canción popularizada por alguna película de Hollywood (no hay aquí una sola mención al cine nacional o latinoamericano) y le enseña a los niños una coreografía típica: movimiento de brazos, saltitos, giros. Más que típica: estereotípica. La danza escolar escolar es a la danza artística lo que la declamación escolar a la poesía. Una vaga sombra del arte. Incluso en un colegio privado con pretenciones de clases medias, se cuela la cultura de masas en su peor versión. Pero no es culpa de la profesora: ella hace lo que su rol requiere, vende un producto demandado por las autoridades del colegio, que interpretan a su vez la demanda de los padres, los clientes: algo fácil y conocido, un fast food de la danza. Si la profesora aplicara lo que quizás estudió, tendría que trabajar durante meses desde la expresión corporal y la danza como vínculo del cuerpo con su interioridad y con la música, el ritmo como resultado de la exploración del cuerpo en el tiempo y en el espacio, las emociones -todas, no sólo las que las últimas películas norteamericanas y el discurso new age de supermercado habilitan. Llegarían los niños al espectáculo de fin de año con mayor flexibilidad y con mayor expresividad, aunque la misma probablemente no podría traducirse en una danza estereotipada. Salvo que estuviésemos ante un público más o menos entendido o intuitivo, es decir, con el capital cultural requerido para leer la danza como arte, es probable que el producto visible del trabajo hecho de modo creativo y respetuoso del proceso de los niños, apuntalando su desarrollo psicomotriz y emocional, no guste tanto. Algo similar ocurre en las galerías de las escuelas públicas y los colegios privados: los cuadros que menos gustan son los que en realidad son hechos directamente por los niños, y no por las maestras: parecen "feos", tienen "errores", no se adaptan al estándar.


Lo mismo puede aplicarse a un sinfín de cosas que se enseñan en las escuelas. Por ejemplo: si usted quiere ser apreciado por los padres -excepto que haya entre ellos gente formada en pedagogía- tiene que ponerle a los niños tareas domiciliarias diarias, que sean sencillas aplicaciones mecánicas de lo ya sabido. De ese modo no aprenden nada, pero los adultos sienten que los niños lo están logrando. Corónelo con altas calificaciones y listo. Usted ya es un docente adaptado a la fast school. Enhorabuena.


Es que el verdadero aprendizaje, ese que genera solvencia, autoestima, solidez conceptual y adaptabilidad, no siempre es divertido ni puede engalanarse como una decoración de fiesta escolar, al menos no en su forma masivamente entendida. Porque aquí podríamos disputar -de hecho pretendo hacerlo- una concepción de belleza: al versito escolar y la danza imitativa de los shows de tv uno podría oponer, por pura rebeldía -no excenta de cierto aristocratismo, me adelanto a la crítica-, la expresión sentida del verso propio, con su balbuceo creativo, y la danza sin lentejuelas, pero con un cuerpo construido desde la sensibilidad y la exploración del ritmo.


Y es que la escuela que está siendo un espacio de apropiación del poder del capital y su moral markética genera también su reverso: la posibilidad de resistir y quién sabe, en un movimiento político de judo, dar vuelta esta tendencia y aprovechar la crítica al burocratismo de la escuela industrial pero no para facilitar la implantación de esa fast school de aplicadores de técnicas productivas, sino para sentar las bases de algún modo de subjetividad liberadora.