AISLAR LAS VENTANAS, AISLAR LA RAZÓN (UN EJEMPLO DE MALA EDUCACIÓN AMBIENTAL)

25.09.2015 22:00

/Por Andrés Núñez Leites/


Es viernes y llega al colegio, por segunda vez en el mes, un equipo de funcionarios del gobierno local, que está desarrollando un proyecto de sensibilización de la población del municipio en torno a la necesidad de clasificar los residuos sólidos urbanos, a los que comunmente decimos "basura", de modo tal que se facilite el trabajo de las plantas de clasificación montadas por el gobierno municipal, en las que mata dos pájaros de un tiro: genera un valor económico mediante la clasificación de residuos, muchos de los cuales van luego a distintas plantas de reciclado, y genera un valor social -dentro de la escala de valores de la ideología dominante-, al proletarizar a parte de la población más pobre de la ciudad, dedicada, antes del proyecto, a la clasificación manual y domiciliaria por cuenta propia.


Con algunas simplificaciones conceptuales (digo esto porque es imprescindible suponer que los niños pueden aprender, y que la precisión de términos, adecuada a su edad, ayuda como herramienta cognitiva, porque se asocia a conceptos que permiten discernir mejor los matices de lo real, y no decir "reciclar" para lo que es en realidad "clasificar" o "reutilizar", según el caso), se logra ir avanzando en el tema y, en la medida que "el cuidado del medio ambiente" es ya parte del sentido común masivo, como discurso políticamente correcto, siempre que aparezca despolitizado, se logra fácilmente el consenso de los niños y su alineación detrás de la acción que el proyecto busca promover: que los niños sepan clasificar residuos y depositarlos en el tarro correspondiente.


El conflicto llega -y esta es una oportunidad inédita para el aprendizaje, en este proyecto que no prevé el conflicto- cuando un funcionario le pregunta a los niños: "¿Cuáles son los principales problemas de contaminación que tiene el colegio?", esperando -uno puede notarlo por el sesgo en la interpretación de las respuestas- que los chicos se refirieran principalmente a la basura. Pero no. Porque el edificio está ubicado en el centro de la ciudad, y allí, sin negar la importancia y el consenso al que yo también me sumo en cuanto a la utilidad de la clasificación de los residuos sólidos, lo más sentido por los chicos es el ruido, es la contaminación sonora, que llega a tal grado de incidencia en el desarrollo de las clases, que cada vez que acelera para ponerse en marcha un ómnibus de transporte colectivo urbano detenido por el semáforo, el maestro se tiene que callar, los niños se tienen que callar, o tienen que gritar para poder ser escuchados. La perturbación en el plano auditivo también afecta -y esto es una hipótesis que valdría una pequeña investigación- a este grupo humano concreto en sus vínculos, en la medida que provoca un estado de exaltación e irritabilidad nerviosa. Hete aquí que, ante el planteo de los niños, el funcionario, cuya buena intención descuento, dice: "Es muy caro, pero el colegio debería aislar las ventanas con algún doble vidrio u otro material capaz de dejar el ruido afuera." Se cierra así la reproducción del sentido común en torno a los problemas ambientales: un daño claramente generado por unas cooperativas y empresas privadas con fines de lucro -¡y vaya si lucran!- sufre un doble desplazamiento: es absorbido como externalidad económica por una institución educativa, que "debería" aislarse acústicamente, y la responsabilidad directa del daño ecológico se vuelve difusa, como un crimen sin autor, algo dado, normal, que siempre fue así. Se trata de la "epojé" de la vida cotidiana, como señala la etnometodología, y que vuelve invisible, imperceptible, algo que está delante de nuestro rostro, porque siempre estuvo allí y está integrado, en nuestra percepción sensorial y también en nuestra interpretación ideológica, como natural y dado. La luna cambia de fases, el sol aparece por el Este y el ruido enfermante del tránsito montevideano es tan natural como inevitable, y en todo caso, la responsabilidad de la solución debe ser afrontada por quienes lo sufren, no por quienes lo generan.


Intentando no perder la elegancia, le planteo al funcionario si no habría que llamar a la responsabilidad a las empresas de transporte y al propio gobierno municipal, que ha llegado a mapear el ruido de la ciudad, pero sin tomar ninguna medida para disminuir la contaminación que causan los ómnibus de transporte colectivo. La respuesta es "Sí, es cierto." Luego, el silencio, una funcionaria joven que me mira y asiente con cara de "Pienso lo mismo que vos pero trabajo acá." (Perdone el lector el exceso de la interpretación, pero fue la sensación que me provocó). Un efecto de la mala educación ambiental, esa que promovemos acríticamente en las instituciones educativas y que consiste básicamente en resaltar "lo que podemos hacer desde cada uno de nosotros" y ocultar -bajo la sombra del objeto que se ilumina- las responsabilidades del Estado y las empresas, los actores por excelencia de la contaminación, porque a diferencia de los consumidores (la otra punta de esta tríada), promueven activamente el desprecio por la vida y la minimización de la percepción del daño ambiental que sus actividades y/o su negligencia generan. Los ciudadanos-consumidores-culpables se inmovilizan porque esta falsa conciencia ambiental los hace sentir que a pesar que saben conceptualmente que tienen que dejar de consumir determinados productos, siguen haciéndolo -lo cual es hasta cierto punto inevitable teniendo en cuenta el abrumador dispositivo markético que impulsa al consumo, y que, otra vez, es responsabilidad del Estado y las empresas. En esa iluminación y en ese ocultamiento, la razón se aísla, se separa de aquellos elementos que podrían relacionarse como objetos de un discurso más integrador, inevitablemente político -como el hegemónico, pero autoconsciente y explícito- y por lo tanto crítico, quedando en sombras nada menos que las relaciones sociales, las relaciones de poder que hacen posible la contaminación, la impunidad de quienes la cometen, la externalización de costos (económicos y de salud pública) hacia otros sectores sociales y la culpabilización masiva.