DESPUÉS SE VERÁ

16.09.2015 23:56

/Por Andrés Núñez Leites/


Hace algunos años, participando como jurado honorario de una feria de "clubes de ciencia" organizada por el Ministerio de Educación y Cultura, viví una experiencia sumamente tensa.


Los "clubes" que debía jurar, estaban formados por grupos de estudiantes de secundaria, que, asesorados por docentes y/o investigadores, presentaban ya sea pequeñas investigaciones o propuestas de desarrollo tecnológico en las más variadas áreas. Los jurados debíamos analizar diversas cuestiones: la originalidad de la propuesta, su relevancia social, la lógica interna de la investigación (mi sesgo como sociólogo me llevaba a darle mayor relevancia a esta dimensión, reconozco ahora que es tarde), el dominio conceptual sobre la materia por parte de los chicos. No eran momentos fáciles: la competencia despierta lo mejor y lo peor de nosotros, por lo cual eran frecuentes las discusiones, respetuosas pero discusiones al fin, sobre todo con los tutores de los proyectos, que cuando percibían en nuestras preguntas, que estábamos dando con una debilidad del trabajo que habían respaldado, saltaban con uñas y dientes a defenderlo, como es, de algún modo, natural y esperable. Quienes además de una formación técnica o científica teníamos formación como docentes, sabíamos que debíamos cuidar, antes que nada, la autoestima de los chicos, porque todo su trabajo -a veces no tan bien orientado como merecía- los exponía como estudiantes, mostraba sus fortalezas y debilidades, sus inclinaciones ideológicas, su voluntad de cambiar el mundo o conservarlo. Algunos de ellos serían, uno podía suponer razonablemente, futuros científicos, docentes, técnicos de las más diversas áreas, y en cualquier caso, más allá de su profesión futura, ciudadanos conscientes y activos, porque no habían llegado allí obligados, sino haciendo un trabajo extracurricular, sostenido en su deseo personal de superación.


Hete aquí que mis compañeros en la mesa que juraba los proyectos de estudiantes de secundaria eran dos ingenieros agrónomos y una profesora de filosofía. Ésta estuvo ausente cuando se dio la situación que motiva este relato: el ataque destemplado de los ingenieros a un poyecto que dos muchachas de un colegio local habían presentado como proyecto de ciencias. También se ausentó, quiero creer que por azar, el tutor del proyecto, por lo cual las dos estudiantes estaban solas ante nuestras preguntas. ¿En qué consistía el trabajo? Habían generado un modelo de comportamiento del fuego en caso de incendio forestal alrededor de la ciudad de Tacuarembó. Basándose en algunos cálculos en torno a la velocidad y dirección del viento en verano, la velocidad de propagación del fuego, las características de los pinos y eucaliptus cuyos monocultivos ocupaban enormes extensiones alrededor de la ciudad, la práctica inutilidad de los angostos cortafuegos de las plantaciones, la ausencia de planes y recursos de evacuación, la escasez de medios estatales y privados para detener un incendio de grandes proporciones, llegaban a la conclusión de que una catástrofe era si no probable, al menos posible, y nuestra comunidad local no estaba haciendo nada por evitarla. Quizás sin proponérselo, habían tocado uno de los ejes del modelo extractivista de acumulación capitalista que en aquellos momentos lo impulsaba la derecha neoliberal, y que luego consolidaría la izquierda neoliberal ahora en el gobierno: la explotación irracional y devastadora de la naturaleza sin tener en cuenta las externalidades económicas ni los riesgos para las poblaciones humanas locales. La reacción de los ingenieros, que eran en el plano personal "nuevos ricos" que se desplazaban en camionetas con las insignias de las empresas chilenas y norteamericanas de forestación de aquella zona, fue furibunda, llegando casi al insulto. Desvirtuado completamente su rol como jurado, intentaron atacar el proyecto por todos los flancos posibles. La situación se desdibujó al punto que yo también salí de mi rol y me pasé a la defensa del proyecto, felicité a las chicas delante de los otros jurados y argumenté con virulencia contra ellos.


Más tarde, ya sin adolescentes como testigos y víctimas, seguimos la durísima discusión en la mesa de evaluación. No voy a reiterar aquí el juego argumental, que el amable lector de estas líneas conocerá seguramente: defendían el crecimiento del PBI como una religión, el carácter inocuo de los agrotóxicos, la posibilidad de recuperación de suelos luego del plantío forestal con esas expecies exóticas desertificadoras; emplearon todas las falacias que forman parte del paquete del discurso extractivista y que no resisten el menor análisis, porque, sólo para seguir estos breves ejemplos: ni el crecimiento del PBI en un modelo extractivo y concentrado en el gran capital corporativo trae prosperidad social (más bien "se planta pobreza", como dicen los comuneros mapuches en Chile), ni los agrotóxicos son inocuos, ni los suelos pueden recuperarse una vez destrozados por estas plantaciones. En aquel entonces, quince años atrás, estas eran hipótesis que manejábamos los críticos del modelo; hoy pueden corroborarse una a una y esto no es ningún orgullo. Desearíamos habernos equivocado.


Cuando ya no quedaban argumentos a su favor, los dos ingenieros agrónomos dijeron una frase que hasta hoy recuerdo: "Y bueno... Después se verá. En veinte años vamos a ver quién tiene razón." En ella leo el prototipo del pensamiento subdesarrollado, que tanto daño le ha hecho a nuestra población desde siempre. No pensar en el futuro y pretender agotar nuestros recursos en el presente parece no sólo un acto de profundo egoísmo sino de autodestrucción, totalmente carente de amor por las futuras generaciones.


Afortunadamente, con el correr de los años me he encontrado cada vez con más personas sensibilizadas con la necesidad de cuidar la naturaleza y cuidarnos, readecuar nuestra forma de vida de acuerdo a los ritmos de los ecosistemas de los que somos parte, pensar en nuestros hijos y nietos y en el entorno natural que vamos a dejarles. Ya no recuerdo el nombre de las chicas que habían presentado aquel proyecto de ciencias, pero aún ahora, tanto tiempo después, espero que su espíritu creativo y su compromiso con la vida no hayan sido afectados por el penoso incidente que aquí relato.