LA LUCHA POR EL PRESUPUESTO DE LA ENSEÑANZA EN LA ERA DEL SIMULACRO

02.09.2015 21:53 /Por Andrés Núñez Leites/


"Estamos todos sensibles con el capital. Entre tanto paro por salario podriamos parar por nuestro estilo de vida, lo que se ha hecho del trabajo, y en lo que se ha transformado el amor..."

(Tatiana Art)


Uruguay vive un período de ajuste fiscal: la gallina de los huevos de oro está enferma, es decir, el precio internacional de los productos primarios que exporta viene bajando por la crisis económica mundial, que se parece más bien a una nueva arremetida del poder financiero. El virtuoso sistema económico de la izquierda neoliberal uruguaya no es radicalmente diferente al de la derecha neoliberal de los 1990s, excepto porque se destinan fondos para la asistencia social de los más pobres y se han mejorado los salarios de los trabajadores, por lo menos en relación con aquella década infame de crecimiento y pobreza. Pero el eje de la acumulación capitalista es la misma: apertura de la economía para los capitales trasnacionales que básicamente vienen a llevarse materias primas o apenas elaboradas. Dichos capitales obtienen, a cambio de su entrada en la economía local, prebendas que sólo pueden ser aceptadas o ignoradas por una sociedad pos-colonial: zonas francas casi libres de impuestos, congelamiento del Derecho, impunidad para la contaminación ambiental, garantía estatal para los préstamos, renuncia de la soberanía en favor de tribunales del entorno del BM, y en algunos casos márgenes de ganancia asegurados. Por otra parte, el gobierno invierte ingentes sumas de dinero en sostener artificialmente el tipo de cambio, aumentando la oferta de dólares en la plaza financiera local, algo que, como se sabe, sólo puede saldarse con emisión de bonos y endeudamiento estatal. A cambio de esta humillante política, los capitales fluyen, hasta que dejan de hacerlo por una variación del precio internacional de las commodities.


La política social, por otra parte, se basa en una extraordinaria carga impositiva sobre los trabajadores. Si vemos la estructura del falsamente denominado "impuesto a la renta" (IRPF), vemos que es progresivo entre los trabajadores (paga más porcentaje el que tiene más sueldo), pero regresivo en general si tenemos en cuenta que pagan más los trabajadores, algo menos los empresarios locales, menos los especuladores inmobiliarios y menos aún los especuladores financieros. De algún modo puede decirse que los trabajadores subsidian a los pobres y sobre todo -y en un monto mucho mayor- también subsidian a los ricos. De ahí que los sueldos de los primeros mencionados son la variable de ajuste fiscal por excelencia.


En este contexto, la lucha de los trabajadores docentes por un mayor presupuesto para el sistema de enseñanza público choca con una doble estrategia. Por un lado, de acuerdo a lo que mencionamos más arriba, su salario, como el de muchos otros trabajadores estatales, tiene un techo muy bajo, en la medida que se usa como corte para la espiral inflacionaria y en la medida que la reducción de recursos del Estado ante la crisis internacional, de acuerdo a la estrategia de acumulación de la izquierda neoliberal, no puede saldarse afectando los márgenes de lucro del capital trasnacional ni de las clases locales más acomodadas, vinculadas al comercio importador y a la especulación financiera. Por otra parte, así como no puede tocarse el subsidio a los ricos, tampoco puede tocarse el subsidio a los pobres, en la medida que el mismo es una cantera de votos y legitimidad de gobierno para la izquierda. Se trata de la nueva versión de la lucha de clases en un período de pos-democracia. Por otra parte, está en marcha un proceso de transformación del sistema educativo, una segunda "reforma Rama" (recordemos que la elite de técnicos de la reforma de los años 1990, durante los gobiernos de derecha, provenía de la tecnocracia de izquierda y varios de sus nombres reaparecen ahora con el Frente Amplio) que busca deteriorar sustancialmente el status de los trabajadores de la enseñanza, no tanto en sus ingresos como en su autonomía profesional, en la medida que se trata de ajustar el sistema educativo a un requerimiento empresarial: el desarrollo de competencias cognitivas aptas para las nuevas modalidades de trabajo empresarial, la construcción de un habitus mental y una disciplina corporal adaptada a la flexibilidad del sistema de trabajo pos-industrial, a la competencia, la inestabilidad laboral, el reciclaje permanente, el compromiso con los valores de la empresa, la remuneración en torno a compromisos de gestión, la auto-explotación, la competitividad y el individualismo consumista ingenuo. Un mundo de peones prácticos y técnicos acríticos, los dos destinos prefijados para las clases trabajadoras y las clases medias bajas por el sistema capitalista en su etapa actual.


Esa doble tensión empieza a ser decodificada por las bases de los gremios docentes, no así por su dirigencia, fiel al aparato partidario de la izquierda y claramente tendiente a capitalizar (en sentido metafórico y directo) la movilización de los trabajadores decepcionando sus expectativas y dirigiendo los conflictos para luego rendirse de inmediato -porque la era del simulacro también ha llegado al sindicalismo. Las bases de los gremios han empezado a percibir que detrás del discurso de la inclusión educativa y la educación en valores hay más que nada un intento de sometimiento de las masas pauperizadas al mundo del consumo y el respeto a la propiedad privada, así como detrás del discurso del desarrollo de las competencias, el aprendizaje por resolución de problemas y los entornos tecnológicos colaborativos e informatizados, hay una intención de generar un acoplamiento de la subjetividad de los hijos de los trabajadores a las modalidades de las empresas cuyo imagen distópica es la etérea firma capitalista, en eterno flujo deslocalizador. Esta dimensión pedagógica a su vez tiene un acople administrativo en la sujeción de los docentes a los compromisos de gestión, a la evaluación externa y al futuro pago por productividad, es decir, en la resignificación de la escuela como empresa proveedora de servicios cuya calidad puede medirse en términos de satisfacción de las demandas del capital. La clave tal vez esté en buscar y encontrar propuestas pedagógicas que armonicen con el contragobierno, asociadas a unas alianzas de clases, grupos e individualidades afines a la construcción de una sociedad alternativa a la del capital. El riesgo está en retrogradar hacia visiones simplistas, como las de la pequeña izquierda estalinista, cuya estrategia de organización jerarquizada y manipuladora terminan a largo plazo reproduciendo la jerarquía del capital y del Estado.


Como nos recuerda Ricardo Viscardi, ningún pensador serio de la actualidad mundial puede creer que el Estado-nación es el lugar donde radica el gobierno. Éste se ha corrido hacia la firma capitalista y por ello el "gobierno" del Estado lo es entre comillas y sólo en un sentido operacionalizador de inversiones y vehiculizador de flujos de capital. Vivimos una época de incertidumbre en la cual los parámetros modernos con los que fuimos y aún somos educados por los discursos lineales del poder y los medios no sólo no bastan para comprender sino que obstruyen la comprensión del mundo. Empero, ante la crisis capitalista, la actuación socializante de la izquierda y la actuación participativa de las elites sindicales empiezan a transparentar el vacío que envuelven y a denotar el simulacro que efectúan para cooperar con la implantación del dispositivo neoliberal. Entonces hay que ampliar las miras.