UN NIÑO SE ENOJA

14.06.2015 20:54

/Por Andrés Núñez Leites/


Erró un penal, la bronca lo llevó a golpear un compañero y fue expulsado. Es muy competitivo y tiene verdaderos dotes para el fútbol. Se lo toma en serio. Vive amargado, estresado. Tiene diez años y en los hechos trabaja como jugador. Alguien debería explicar cómo en un país que se precia de sus "leyes sociales", tanto por su legado batllista como por la remake progresista, permitimos que los niños sean apropiados por los clubes de fútbol, a través del sistema de fichaje. Recuerdo un caso, hace unos diez años, en una zona rural de Montevideo, de otro niño, casualmente excelente jugador y casualmente caracterizado por las reacciones violentas ante la frustración en la cancha; su padre recibió, casualmente, una heladera, una cocina y algunos pesos cuando accedió a cambiarlo de club. A partir de ahí, tenía que "rendir" los fines de semana. Recuerdo también entonces mi sorpresa cuando vi a los mismos padres que se quejaban por la violencia en la escuela, violentar a sus hijos desde la tribuna de la cancha de baby fútbol, exigiendo un gol.


Un famoso jugador uruguayo con problemas para controlar la ira, recurrió a una reacción de un primitivismo inusitado: mordió a un adversario en un partido del último mundial de fútbol. La selección uruguaya cayó en picada a partir de ese momento y también cayó la moral social, en la medida que unánimemente todos los medios de comunicación y la mayoría abrumadora de la población, apoyaron al agresor, primero negando el hecho (poco importó que se difundiera una filmación inequívoca) y luego, cuando el jugador lo aceptó y se disculpó públicamente, dejando a sus idólatras en offside, se centraron en el carácter draconiano de las sanciones de la FIFA y no condenaron la agresión del uruguayo. Jamás se disculparon los periodistas por no haber dicho la verdad. Increíblemente, una empresa de intermediación financiera contraró al jugador para representar en un spot publicitario a un oficinista que hacía bullying a un compañero, fingía agresiones en su contra y trataba de evitar el trabajo pesado, pero de todos modos era querido por todos ya que le daba un excelente resultado a la empresa en sus ventas. Un ídolo.


Tenemos aquí un grave problema moral: no nos importan los medios con tal de obtener una victoria deportiva. Los valores individualistas ingenuos (el verdadero individualista sabe que su bienestar depende del colectivo), la extrema competividad, la falta de humildad y el complejo de Goliat, hacen estragos en la subjetividad de los niños, especialmente de los varones. Algunas feministas anarquistas de comienzos del siglo XX, aquí en el Río de la Plata, advertían contra la función opiácea y conservadora del mito machista que cumplía el naciente fútbol para las clases trabajadoras y la sociedad. Acaso un movimiento ecologista y socialista tendría que fomentar un fútbol de campito, sin fichas y sin sueldos, un contra-fútbol, tal vez mixto, que pueda, como todo juego, representar y sublimar la guerra, pero no reproducirla subjetivamente. ¿Será posible?