POS-DEMOCRACIA

25.05.2015 21:54

/Por Andrés Núñez Leites/


Afirma Crouch que las democracias describen una trayectoria parabólica y que luego de los altos niveles de participación propios de los momentos fundacionales de la democracia, por ejemplo tras una crisis política y económica en el marco de un gobierno no-democrático -momentos en los cuales las masas logran incidir en la legitimidad gubernamental y en la agenda del gobierno- las elites se las van arreglando para retomar los hilos. Así, tras la oleada neoliberal de derecha, con el ascenso de la izquierda progresista, moderada y sensata, apegada a la lógica del crecimiento del producto y de la atención de las demandas del capital, la democracia da paso a un momento de pos-democracia, en el cual si bien las instituciones democráticas se mantienen, su funcionamiento se encuentra cooptado por el sentido impuesto por el poder de las firmas capitalistas. En la pos-democracia, la corporación y su hiper-flexibilidad, capaz de adecuarse velozmente a las fluctuaciones del mercado, es el modelo también para la izquierda. "Gestión" es la palabra clave de la izquierda renovada en clave empresarial.


En la interna de los partidos progresistas, esto también puede apreciarse por una metáfora geométrica: del modelo de círculos concéntricos (elite dirigente, cuadros, militantes, simpatizantes, votantes ocasionales) pasamos a un modelo de elipse, en el cual el pequeño círculo de la elite dirigente está más al borde del partido, más cerca de los brokers corporativos. En el caso uruguayo, que el actual presidente Vázquez utilizara un sistema de videoconferencias durante su campaña, para poner en gran pantalla -como altar de donde proviene la voz experta, el principio a la vez sublime y real de la Verdad- al zar de la soja del Río de la Plata, es el ejemplo más concreto de cuál es el horizonte y la fuente de inspiración de la elite de la izquierda. Así se explica también el ataque ocasional a la "burocracia" del FA por parte de la elite gobernante, que en realidad lo que ataca es a la militancia del FA, en la medida que la misma, en buena medida, sigue teniendo como base una pertenencia de clase típica de los partidos de izquierda de la modernidad: funcionarios públicos y trabajadores privados, es decir, integrantes de clases sociales que han perdido relevancia para el estado actual del capitalismo. Los militantes son necesarios para "defender los logros del gobierno", "hacer barriadas" y otras tareas subordinadas, pero no para generar sentido político. La redacción del Programa es un ejemplo de construcción discursiva ambigua, cuyo sentido puede ser luego manipulado a gusto por la elite, que gobernará en base a un Plan signado por el interés corporativo. Buena parte del trabajo político interno de la izquierda consiste en convencer a sus militantes de la relación entre la práctica concreta y el Programa.


La alternativa "de izquierda" parece evidente: concentrar la energía creadora en el campo de los movimientos sociales, para intentar contrapesar el lobby empresarial respecto al gobierno. Sin embargo, advierte Crouch, y esta es la advertencia que me resulta más problemática, no se debe abandonar el partido, porque el mismo queda absolutamente vulnerable al libre influjo del lobby empresarial. Problemático porque el intentar "cambiar desde adentro", al menos en la experiencia del Río de la Plata, ha querido decir, hasta ahora, legitimar a la elite gobernante de operadores empresariales de izquierda.