SORDERA

12.09.2014 22:22

/Por Andrés Núñez Leites/


/"Dos viejos" - Francisco Goya [Public domain], via Wikimedia Commons/


Temo a las esquinas, en estos días. No puedo percibir con claridad si vienen autos o no, y me doy cuenta que la mirada alrededor siempre estuvo complementada por la audición en dirección contraria; cuando escuchamos que viene un auto desde algún lugar hacia donde no estamos viendo en ese momento, nos detenemos a tiempo. Si no lo vemos venir y no lo escuchamos, queda nuestra vida a merced de los reflejos y/o la buena voluntad de algún conductor con sus propios problemas físicos y morales.


Me incomoda hablar con mis estudiantes y me he puesto algo ansioso, en estos días. No siempre entiendo de qué ríen o por qué se enojan, tengo que re-preguntar hasta dos o tres veces, mirar sus labios, prestar más atención que de costumbre a sus gestos corporales. A veces no tengo claro si estoy gritando o hablando con el volumen acostumbrado y ellos, por delicadeza, tal vez, no me lo aclaran, excepto cuando hablo tan bajo que no me escuchan. Cuando el ruido del entorno es importante y se acercan a decirme algo, tengo que girar la cabeza y ponerles mi oído bueno, teniendo cuidado de no acercarme demasiado para que no duela.


En los recreos no me resulta fácil charlar con mis colegas, en estos días. El ruido del patio hace que mucho de lo que dicen no sea del todo audible para mí. Por momento capto sólo fragmentos del diálogo, no sé bien qué contestar y me canso. Entonces abandono el diálogo con alguna excusa y voy a sentarme solo a algún banco. Si bien les he dicho que estoy pasando por lo que espero sea una sordera parcial y pasajera, casi todo el tiempo lo olvidan y hablan de modo poco articulado y veloz.


He re-descubierto que la convención social para el cuchicheo implica siempre acercar la boca al oído derecho del interlocutor, del mismo modo que se besa en la mejilla derecha y se da la mano derecha. Pues resulta que tengo el oído derecho absolutamente tapado y si alguien quiere acercarse a decirme algo tengo que ofrecer y pedir gestualmente el lado izquierdo de su cara, lo cual es extraño e incómodo. Por lo pronto lo he resuelto corriendo la cabeza un poco hacia atrás y luego sí hacia adelante y a la izquierda, haciendo que el movimiento sea anunciado para mi interlocutor -todo ésto luego que me van a decir algo del lado derecho, no escucho y digo "¿Cómo?"


En estos días fui a la emergencia de mi sociedad médica. Allí, luego que pasara demasiado tiempo leyendo a Weber sin que me llamaran para ver al otorrinolaringólogo de turno, un señor mayor me toca en el brazo y ¡bendición! intuyendo que no oigo bien me habla lenta y articuladamente: "¿Usted es Núñez? Es la segunda vez que lo llama la enfermera." Le agradezco con sinceridad y voy. El médico me confirma que es un malestar pasajero y me receta un tratamiento. ¡Segunda bendición!


Salgo de allí y antes de tomar el ómnibus paso por un kiosko, donde el vendedor se fastidia por tener que reiterarme el precio de las pastillas de menta que quise comprarle.


Llego a casa y enciendo el receptor de radio para escuchar algún informativo. Subo el volumen -espero que mis vecinos no lo noten. No soporto la TV, pero si quisiera ver un informativo, tendría que poner el volumen aún más alto, por dos motivos: la calidad del sonido de la TV uruguaya es pésima, y los informativos no tienen subtitulado. No son inclusores de la población sorda.


Se supone que por lo menos uno de cada cien uruguayos es sordo (estrictamente sordo o hipoacústico en algún grado): unas treinta mil personas, según algunas estimaciones. No son muchas en el total de la población, pero hay que plantearse si acaso algunos pocos gastos y algunos pocos gestos públicos no serían suficientes para mejorar significativamente su calidad de vida. Sensibilizar a la población para que esté más atenta y sea más paciente y solícita con los sordos (en el tránsito, en los comercios, en los hospitales, en las instituciones públicas y privadas en general), promover la implementación de subtitulados en los informativos y otros programas de TV, podría ser un buen comienzo. Incorporar a los sordos en las narraciones literarias, cinematográficas y teatrales, no en el papel de la burla y el humor barato, sino como personas comunes o extraordinarias, segúne los requerimientos de las historias concretas, pero sin diferenciarlos peyorativamente de los demás, podría ser otro paso.


Con un cincuenta por ciento de mi capacidad auditiva estoy viviendo una serie de dificultades entendibles en el relato pero, como toda experiencia humana, no transferibles sin que medie una experiencia directa de dicha condición. Parece que será sólo por estos días. Hay personas que viven así o aún con menos capacidad auditiva toda la vida y mientras termino de escribir esta nota, sigo pensando qué podríamos hacer por ellos.