CORRUPCIÓN SINDICAL, ELITISMO Y PAZ SOCIAL

27.07.2014 22:39

Por Andrés Núñez Leites

 

Preocupan moralmente las actitudes encubridoras con que algunos sindicatos de trabajadores uruguayos han tratado los más recientes casos de corrupción de dirigentes: coimas, presiones en favor de empresas y cooperativas de trabajadores. Ante las evidencias se incurre ya sea en la negación o en la justificación inverosímil. Pero: ¿se trata de un problema en términos del sistema político y económico? Más: ¿se trata de un problema para el funcionamiento y la estructura de los sindicatos?

 

Voy a decir algo antipático: es verdad que las cooperativas de trabajadores son un gran paso adelante, posiblemente una de las pocas medidas socializantes (o pequeño-aburguesantes, si se me permite el neologismo) de los gobiernos de izquierda uruguayos, pero también es verdad que en torno a ellas se ha generado un doble clima de clientelismo y corrupción. El problema es en parte de "costo político": es más económico perdonar y disimular las deficiencias de funcionamiento e incluso los ilícitos, que desenmascararlos y darle lugar a las sanciones administrativas o judiciales. En parte también es un problema de clientelismo: detrás de cada cooperativa hay decenas y hasta cientos de votos "multiplicadores". Y es también un problema humano: la fiscalización estricta de las cooperativas de trabajadores (incluyendo aquí a las "cooperativas sociales", es decir, de personas en extrema pobreza, que reciben asistencia técnica del Estado para su funcionamiento colectivo), puede dejar a muchas familias sin empleo. Que un dirigente sindical que ocupa un cargo administrativo en el directorio de ASSE presione para que se contrate a una "cooperativa problemática" para brindar servicios en hospitales, tiene como explicación esos elementos. Por supuesto que al impedirse la competencia en igualdad de condiciones se deja de lado también a las familias de otros trabajadores, incluidos en dispositivos económicos más "capitalistas": ONGs y empresas, que compiten en los mismos rubros, pero esas modalidades no aportan los mismos réditos políticos que las cooperativas de trabajadores. Lo que hay que preguntarse, en todo caso, es si favorecer a cooperativas que tienen un mal funcionamiento, un funcionamiento egoísta, parasitario, sobre-facturador de sus servicios, abona en algo en un supuesto camino a una sociedad más igualitaria, o en realidad termina reproduciendo precisamente en el corazón de una estructura organizativa potencialmente socializante, el más puro individualismo ingenuo -ese que cree que el beneficio del "yo" está en aventajar a los demás, en lugar de avanzar juntos-. Se sabe que cuando el Estado estatiza el altruismo, lo convierte en "norma" y "derecho", genera comportamientos egoístas, individualistas, que intentan obtener los máximos beneficios con el mínimo esfuerzo.

 

Luego salen a la luz, en los medios de prensa, los "sobresueldos" de los dirigentes sindicales de la Salud, no asociados estrictamente a gastos de desplazamiento o alimentación, sino partidas automáticas. Se podría pensar que eso es algo contrario al espíritur del funcionamiento de los sindicatos, pero en realidad, el centralismo democrático, de inspiración comunista, que rige la organización de los sindicatos mayoritarios en Uruguay, genera necesariamente situaciones de privilegio. Las mismas se dan tanto por el manejo de fondos de la organización, por el entramado de contactos políticos y empresariales de alto nivel que se generan (y el enorme capital social que conllevan y se traduce en oportunidades de inversión, colocación de familiares en puestos de trabajo de privilegio, becas de estudio en el exterior para los hijos, etc.), como por el acceso privilegiado a la información para el accionar político -y el consiguiente control de aquella-. Se trata de un fenómeno clásico de la modernidad capitalista, estudiado brillantemente por Michels en su descripción de la estructura de clases sociales de la interna del Partido Socialdemócrata Alemán en el siglo XX: un partido de izquierda marxista con una base obrera, mandos medios de clase media u obreros acomodados (capataces, técnicos medios) y una elite empresarial. Esta estructura se repite, con variaciones, en el Frente Amplio, el principal partido de izquierda, y en el PIT-CNT, la central obrera.

 

Ahora bien, esa "ley de hierro de la oligarquía", que también se da en el medio sindical, es estrictamente funcional al sistema capitalista, porque crea intereses coincidentes entre las cúpulas sindicales y los grandes empresarios. Y también es funcional a la estructura sindical jerarquizada y a su funcionamiento: esa elite de dirigentes que se van rotando en los cargos de privilegio es quizás la única forma contemporánea de sostenimiento de un sindicato en tanto organización estable. Mejor dicho: el elitismo es a la vez un resultado y una realidad estructurante de la escasa participación militante en los sindicatos. Aniquilada la utopía socialista "real" o estatizante, los trabajadores "se afilian" y "hacen su aporte" al sindicato, pero no militan, no exigen grados de participación y transparencia, sino resultados de gestión, y para ello saben que tienen que tolerar privilegios de los militantes de tiempo completo, la famosa "burocracia sindical". Por ello, cada vez que un gobierno o una cámara empresarial realiza un avance en contra de los derechos de los trabajadores, y los afiliados a un sindicato acuden en masa a las asambleas, parece que tiembla la estructura sindical y social, se hace patente el ritualismo burocrático de la elite sindical y su política de apaciguamiento, que consiste en apropiarse del movimiento de protesta, llevarlo hacia la confrontación contra los adversarios gobernantes o empresariales y luego, planificadamente, hacer bajar la intensidad de la movilización. Del otro lado, gobernantes y empresarios saben que cediendo algunos puntos a la elite sindicalista, terminan al final del día, obteniendo buena parte de lo que desean, otorgándoles legitimidad y ganando la paz social, la santa alianza de clases en torno al aumento infinito de la producción y las ganancias.

 

Cuando el elitismo, con todo su entorno de secreto y poder burocrático, permite la corrupción de los dirigentes sindicales, la misma se encubre o se justifica, y apenas si se sanciona sólo cuando afecta públicamente la legitimidad del sindicato o del gobierno, cuando se trata de espacios de co-gestión de servicios estatales. La corrupción en estos casos es un sub-producto indeseado pero menor, algo así como el efecto secundario de una medicina estatal y empresarial contra la movilización de las clases trabajadoras.