Y USTEDES: ¿QUÉ PROPONEN?

26.07.2014 19:36

Por Andrés Núñez Leites

Así, como en el título, pero con tono de exasperación, un estudiante universitario de Humanidades increpaba, allá por 1996, a un par de delegados estudiantiles de secundaria, que habían lanzado una ola de ocupaciones de liceos públicos, para resistir a la "Reforma Rama", una reestructuración neoliberalizante del sistema educativo público uruguayo, similar a la que ahora prepara la izquierda para su próximo gobierno.

 

"Y ustedes: ¿qué proponen?" equivale a decir que los interlocutores no tienen Programa. Y eso indigna. La ausencia de un gran proyecto que nos asegure que no estamos gastando pólvora en chimangos ni arriesgando nuestros capitales por una simple posibilidad poco estudiada. Encima se suma el prejuicio generacional: los estudiantes de secundaria son "demasiado jóvenes" para comandar un movimiento social tan potente. Y al ser tan jóvenes son poco viejos, o pueden ser poco viejos, con pocos compromisos que los aten al statu quo. ¡Nada como tener la vida por delante para querer moldearla de acuerdo al deseo propio! Y aquella pregunta equivale también a un reproche: "¿Cómo pudieron hacer tanta alharaca sin tener nada que proponer?"

 

La respuesta del estudiante de secundaria, brillante, con tono casi despreocupado, fue: "No proponemos nada. Estamos movilizados contra una propuesta impuesta por las jerarquías. Mal haríamos si propusiéramos algo nosotros solos. Lo que queremos es que la educación pública sea cogobernada, y entre todos podamos proponer algo."

 

Esa no-propuesta equivalía, por su propia negación, a una gran propuesta, a la mayor propuesta posible: la coparticipación de todos los actores de la educación, incluyendo docentes y estudiantes, en el gobierno de la educación.

 

Además, aquellos estudiantes estaban munidos de cierta tecnología organizativa anti-autoritaria: su organización no tenía General ni cerebro central, era una coordinadora "a la que bajaban las decisiones de las asambleas liceales"; no tenían "representantes" sino "delegados", que para colmo eran intercambiables, ya que no decidían por sí sino que transmitían decisiones colectivas -lo que despertaba el enojo de las autoridades estatales, que exigían "que se mantuvieran los interlocutores"-. No tenían una utopía, y en ese sentido eran un movimiento pos-moderno, pero no traían el disevangelio del capital triunfante o del choque de civilizaciones, sino la apuesta por una metodología de la acción radicalmente democrática y directa.

 

Una bella narrativa pos-revolucionaria de futuro o, como querría Christian Ferrer, una "improbable rebelión eco-femi-punk-rock-anarcosa".