LA IZQUIERDA RENTADA

30.06.2014 22:46

/Por Andrés Núñez Leites/


/Esta nota está dedicada a tantos trabajadores voluntarios y a sueldo de ONG que he conocido en los lugares más recónditos y peligrosos del mapa social, poniendo su cuerpo para ayudar a las personas más necesitadas./


Para los profesionales del área de las ciencias sociales, no es fácil conseguir trabajo. Sobre todo trabajo estable. El Estado no es el poncho de los técnicos y a excepción de los militantes partidarios más decididos, que esperan durante lustros el triunfo de su partido para acceder al cargo público << por concurso >>, la mayoría debe debatirse entre un reducido espacio de emprendimientos privados cercanos al mercado (a la producción directa de mercancías) y un espacio amplio de organizaciones no gubernamentales (ONG) que suelen pagar muy malos salarios a los técnicos de nivel de campo y a los coordinadores de menor jerarquía. Precisamente del lado de las ONG surge una respuesta que parece coincidir con una etapa del ciclo vital del profesional de ciencias sociales: llegado a los 30 ó 40 años, cansado de trabajar por vintenes, se decide a armar << su proyecto >> y para ello elabora la forma jurídica de la asociación civil.


Las ONG surgieron como brazos desburocratizados de los organismos internacionales que querían promover políticas públicas en los países del tercer mundo sin pasar por la maquinaria estatal, que más allá de la eficiencia que pueda tener, es sobre todo cara. Y esto en buena parte se debe a la precariedad laboral y los bajos salarios de los trabajadores << de campo >> de las ONG. En todo caso, siempre es más barato que una oficina pública con empleados presupuestados. Ese aprendizaje lo ha hecho también la izquierda gobernante, que se ha abocado a tercerizar servicios sociales más que nadie. Por otra parte, una de las ventajas que aportan las ONG al trabajo del Estado y de los organismos internacionales es su relativa independencia (muy relativa, como veremos ya) del poder político y económico, lo cual en realidad mejora su eficacia en el cumplimiento de sus programas -por haber menos elementos distractores del fin explícito-, así como su flexibilidad organizativa y su capacidad de llegada capilar a todo el << cuerpo social >>. Esa relativa autonomía frente al Estado, es la que convirtió a las ONG, en las décadas anteriores, en un nicho laboral para los profesionales de izquierda, que han impreso su << tónica >> a dichas organizaciones, tanto en su discurso como en el papel que en diversas oportunidades han jugado en la protección de los derechos civiles de los sectores sociales más débiles.


Para el Estado, las ONG son un arma de doble filo, en la medida que si bien suelen complementar sus acciones -generalmente coincidentes en la finalidad de estabilización del cuerpo social-, la financiación extranjera directa abre la puerta a la entrada en juego de intereses foráneos que pueden buscar incidir en el campo político vía activación de los ciudadanos en torno a problemas concretos, tal que en un momento dado, a modo de enjambre, puedan significar la caída del gobierno y su sustitución por otro más amigable con los financistas últimos. En países donde hay conflicto bélico, es común utilizar distintas ONG para transferir recursos económicos a tal o cual actor beligerante. Ésto no es estrictamente un problema en Uruguay, en la medida que el neoliberalismo ha dado lugar a que el propio Estado sea rentado por los poderes fácticos del exterior -lo cual es obvio por ejemplo en la implantación de la minería de gran porte y la legalización de la marihuana- y aún con un gobierno de izquierda no hay resistencias al capital trasnacional. Sí lo es en países que se planteen caminar hacia algún tipo de socialismo que implique el control del aparato estatal.


Para las ONG el problema puede ser eventualmente la escasa autonomía. Porque si bien la financiación externa es un paraguas protector frente a los vaivenes gubernativos del Estado, la misma, a pesar de presentarse como una miríada de fuentes que abren oportunidades para concursos de proyectos, una vez que se empieza a investigar quién financia a quién, se llega en muchos casos a grandes y famosos capitales, como el de Soros, Rockefeller, y otros filántropos conocidos por armonizar su interés por generar una sociedad democrática con la generación de lucro para sus empresas y un entorno social favorable a los planes económico-militares de Estados Unidos. Es así que las fuentes últimas de financiación establecen una meta-agenda para las ONG -y también para las Universidades y los Estados, que han abierto sus manos pedigüeñas a las financiaciones de proyectos de investigación y tecnología- que más tarde o más temprano puede revelarse como parte de un proyecto de desarrollo, por ejemplo, de integración de infraestructuras viales para la extracción de recursos naturales de la región. Las investigaciones o las acciones de solidaridad social concretas (las << intervenciones >>, en la jerga de las ONG) que se financian, no explicitan aquellos intereses tan lucrativos, aunque formen parte de los esfuerzos trasnacionales por realizarlos. Es así que de pronto usted, amable biólogo anarco-ecologista, puede verse empleado por una ONG que protege la fauna marina pero es en última instancia financiada por Shell, o que usted, idealista neo-hippie antropólogo, que gusta recorrer América en contacto con los pueblos originarios y está al borde de empezar a creer en los mismos espíritus que ellos, de golpe se puede encontrar estudiando la cultura rural de poblaciones que casualmente se encuentran situadas encima del Acuífero Guaraní. No sé si me explico...


Ese control financiero de las ONG, que limita de hecho sus posibilidades de autonomía, debería plantear un problema ético para los profesionales, técnicos, activistas, trabajadores de organizaciones no gubernamentales. El argumento autocomplaciente << No importa de donde viene el dinero sino para qué se usa >> que he escuchado enunciar más de una vez ante este planteo, no tiene un fundamento lógico analítico, sino que es más bien un mecanismo de defensa de la imagen del << yo honesto >>. Es verdad que para jugar hay que embarrarse y que la realidad está llena de zonas de penumbras donde no cabe el maniqueísmo ni el purismo ideológico, pero uno al menos debería ser consciente de qué barros lo ensucian e intentar hacer algo al respecto. Por ejemplo, en ocasiones, atraverse a decir << No >>. De lo contrario, también nos compran el alma.