DESCARTABLES

23.06.2014 22:55

/Por Andrés Núñez Leites/


I


/Me despierta el estruendo del timbre del apartamento. Casi puedo oír mi corazón acelerar súbitamente. Miro por la ventana: es de noche. Enciendo la luz y veo el reloj: son las 5. Me levanto y avanzo hacia la puerta de entrada: <<¿Quién es? >>, pregunto con el tono de voz más grave posible. Es 1998 y vivo en un edificio popular, es decir, de trabajadores y delincuentes, y otros que reúnen ambas cualidades morales. << Nelba, la vecina de enfrente. Mi esposo se cayó en el baño. Por favor ayúdeme a levantarlo. >>, dice una voz angustiada. << Quédese tranquila, voy enseguida. >>, contesto mientras vuelvo a buscar un pantalón. Llego a la puerta de la vecina, golpeo y entro sin esperar respuesta, temiendo que el viejo se hubiera lastimado. Lo encuentro desnudo en el piso del baño. Ella no puede levantarlo sola y él sólo repite << Disculpe, disculpe >> a cada instante. Lo levanto. No parece haberse lastimado. << ¿Necesitan algo más? >>, digo, y ella responde << Gracias. No se preocupe que de lo demás yo me encargo. >>. Mientras me voy escucho como le susurra << ¿Por qué no te morirás de una vez? >>/


II


Es 2013 y trabajo para el Estado. Integro un equipo de campo que tiene que realojar un par de centenares de familias de un << cantegril >> montevideano asentado en un terreno contaminado. La norma impuesta y comunicada a las familias es que se mudan a una nueva vivienda manteniendo el arreglo familiar actual, para evitar que proliferen las rupturas oportunistas que requieran la provisión de más viviendas que las previstas o que dejen personas vulnerables en situación de desamparo. El Estado (metáfora en este caso de un grupo concreto de humanos) decide violar su propia norma y permitir a los viejos alcohólicos que renuncien a su derecho a la vivienda en favor del resto de su familia si ésta quiere aprovechar para dejarlos por el camino. No se les da << alternativa habitacional >>, sabiendo que terminarán en la calle. Protestamos en vano. Somos ridiculizados. << Quién sabe las cosas que habrán tenido que aguantar las familias. Que se arreglen solos. >> Escucho ya resignado e ironizo: << Algo habrán hecho >>, evocando la justificación machista de la violencia contra las mujeres.


III


Es 2014. Acabo de entrar a un gran supermercado. Una viejita elegantemente vestida se desplaza en una silla de ruedas eléctrica. Su esposo parece un fiel escudero, con su bastón en una mano y las bolsas en el otro. Ella no le pide, le ordena, mientras lo mira con expresión de fastidio, y él obedece. Ya en la vereda, hechas las compras, ella avanza en su silla sin esperarlo ni mirar atrás. Él la sigue despacio.


Estos hombres han pasado su etapa de trabajo proveedor y no hay cifra que codifique lo que sufren.