LA IGLESIA COMUNISTA

10.03.2014 22:41

/Por Andrés Núñez Leites/


En los primeros minutos de una memorable entrevista para al-Jazeera, Mehdi Hasan pone contra las cuerdas a uno de los más célebres profetas del ateísmo occidental, Richard Dawkins [1], al desafiar su concepción de la religión como el fenómeno fratricida por excelencia, fuente de innumerables guerras y asesinatos en nombre de Dios, a través de su comparación con del estalinismo en Rusia y su política genocida, en tanto motivada precisamente por una formulación atea y anti-religiosa. Dawkins bajó el perfil de sus afirmaciones diciendo que él no desconocía //otras//fuentes de odio semejantes al acusar a la religión.


Decía Durkheim que el desarrollo del Estado crecientemente laico, en lugar de barrer con el fenómeno religioso, lo racionalizaba, convirtiéndolo en una religiosidad laica o civil: es decir, el Estado, de algún modo viene a sustituir a la Iglesia a través de la fe republicana, incluyendo también su propia mitología proto-religiosa: profeta o semi-dios (el héroe nacional), libro sagrado (Constitución), intérpretes de la palabra (autoridades), vigilantes y guerreros de la fe (policía, ejército), sus templos (parlamentos, tribunales) y liturgias (procesos administrativos, judiciales). Por otro lado, Ciorán y Stirner -cada uno a su modo y en su momento- percibieron dos fenómenos simultáneos: la posibilidad que bajo ciertas condiciones históricas una ideología pudiera devenir en doxa sagrada e impulsar a sus seguidores hacia el fanatismo violento, disponiéndolos a arrasar con los no creyentes y el hecho que ese fanatismo desatado formara parte de un fenómeno religioso, es decir, necesario temporalmente para mantener la unidad entre los creyentes tanto de una doctrina religiosa como política. Generalmente la conquista violenta del poder religioso o político es sucedida por el /Terreur/ el tiempo necesario para que la disidencia se vuelva invisible, silenciosa e inefectiva. Luego puede venir un período de normalización, pero la memoria y la amenaza del terror sigue siendo un componente esencial del nuevo orden social.


En el libro "Una tumba para Boris Davidovich", Danilo Kiš, con coraje admirable y bella escritura, más allá de la enunciación sin eufemismos de la tortura y la brutalidad dictatorial del "socialismo real", acierta al des-cubrir la dimensión inquisitorial de los regímenes comunistas: un comunista disfrazado de patriarca ortodoxo denuncia a su camarada, chofer del Comité Regional, por haberlo confundido con un sacerdote genuino y haberle mencionado la importancia de "rezar por los pecadores". Otro comunista cae en desgracia porque, luchando para el bando estalinista en la revolución española, le susurra a su jefe político que los telegramas que enviaban a los frentes de lucha eran interceptados por Moscú. En todos los casos, a la manera de la inquisición católica, bastaba una denuncia que lograra mencionar algún elemento pre-definido como signo de traición portado por el denunciado, para hacerlo capturar por la máquina del terror estatal. En todos los casos, lo que se persigue es la duda en la creencia, el cuestionamiento más o menos consciente de la fe.


El debate inicialmente citado podría volver a situarse a través de la redefinición de la noción de religión, haciéndola formar parte de un fenómeno más amplio, quizás a partir de su valor etimológico: como parte de los fenómenos que hacen a la ligazón, a la cohesión social. Podría afirmarse entonces que bajo ciertas condiciones de emergencia -típicamente: períodos fundacionales y períodos de peligro de disolución- /la estructura de poder de un orden social y sus creencias fundamentales /pueden dar lugar desde la exclusión simbólica a atrocidades como el terror e incluso el genocidio, poniendo en grave peligro a las personas que se presuman no alineadas, tanto por oposición como por indiferencia.


[1] Head to Head : Dawkins on religion http://youtu.be/U0Xn60Zw03A