PENSAR VENEZUELA

03.03.2014 18:42

/Por Andrés Núñez Leites/


Más allá de la inmediata identificación y solidaridad con un pueblo geográfica y culturalmente cercano, a lo que se suma, en el caso de la izquierda la gratitud por la acogida a los exiliados de la última dictadura militar en Uruguay, Venezuela y su conflicto político interno nos duele porque nos define, es decir, nos invita a tomar partido, y con ello a significar políticamente nuestra identidad. Como en las épocas de guerra, la definición en favor de opositores u oficialistas traza de algún modo una línea de por sí violenta: amigo/enemigo, calentando o enfriando nuestras relaciones interpersonales a la hora de la discusión.


Pero: ¿de qué modo tomamos partido? Lo hacemos a partir tanto de elementos emocionales como estrictamente cognitivos, si nos atenemos a esa diferenciación más analítica que funcional. Digo ésto porque en realidad tomamos una decisión (por ejemplo "a quién creer" o "de qué lado estar", en este caso) ante distintas alternativas equivalentes desde el punto de vista racional (diferentes construcciones lógicas con los datos disponibles) basados en los elementos irracionales de nuestra personalidad. Digo: si nos sentimos "izquierdistas", posiblemente oscilemos entre una mirada comprensiva que atenúe la posible evaluación negativa de la represión policial y la legislación anti-terrorista venezolana contra los manifestantes y una total identificación con el gobierno venezolano, su propaganda y sus decisiones. Tenderemos a definir a la oposición venezolana en un rango que va desde liberales de derecha egoístas hasta un hato de oligarcas financiados por la CIA, respectivamente. Si nos sentimos "de derechas" como dicen los españoles, veremos en cambio al gobierno en un rango que irá desde su valoración como un populismo ineficiente y retrógrado que ha sumido a la sociedad en la inflación y el desabastecimiento, hasta una tiranía de aspiración estalinista.


Ahora bien, si nos situamos desde un punto de vista que aspire a mayores grados de libertad individual y colectiva, un ejercicio intelectual de amplias consecuencias prácticas, políticas, tiene que ser, más allá de nuestra identidad, o mejor: en contra de nuestra identidad, intentar tomar distancia de los hechos, abrir nuestra mirada, recoger variedad de información y análisis de diversas fuentes y recién luego volver a situarnos desde el punto de vista político. Es decir: volver a simpatizar con o apoyar a la oposición o al oficialismo o mandar al infierno a todos, según el caso. No estoy reivindicando un objetivismo ni mucho menos un cientificismo por el cual sería posible captar "la realidad tal cual es", suspendiendo nuestra afectividad, pues la misma permea hasta los instrumentos analíticos que utilicemos, pero sí creo tener evidencia respecto a que prácticamente todos, excepto en el fragor de una batalla, podemos poner en duda nuestras convicciones y así ganar más espacios de libertad de pensamiento.