ADIÓS, ESCUELA

14.02.2014 20:42

/Por Andrés Núñez Leites/


Decía Foucault que las casas reales europeas intentaban legitimarse, entre otros medios, a través de la construcción de un relato historiográfico que las hacía ver como herederas del linaje de Roma, cuando en realidad eran más bien el resultado del choque de la civilización romana y las invasiones bárbaras, o sea más que nada producto de la desestructuración romana. Un alto origen que la genealogía nietzscheana devolvería a su negado lodozal. Éste es un tema muy recurrente: la historia de los vencedores glorifica el paso de sus héroes y oculta sus crímenes. Así también lo notaba Benjamin al señalar que detrás de cada monumento de la cultura se esconde un monumento de la barbarie. La historia de la escuela moderna no escapa a esta lógica: sus logros en alfabetización masiva ocultan una tarea encarnizada de combate a "los males de la ignorancia" con que el muy explícito Varela definía a la cultura popular de la época.


Esa línea sigue la reflexión de Puyol en "La escuela: encierro, destrucción cultural y domesticación" [1]. Las claves de esta institución reciente -que como aquella nobleza dice descender de Roma y Grecia, pero en este caso es más bien hija de la fábrica y el capital- para el caso uruguayo, son percibidas por el autor en la segunda mitad del siglo XIX, en que el país, bajo la presión del capital inglés, reestructura no sólo sus comunicaciones y delimita las propiedades rurales sino que se aboca a una biopolítica en la cual cada vez menos la Iglesia Católica y cada vez más sus sustitutos - la policía, el hospital y la escuela- habrán de cumplir el rol de disciplinadores de la población, creando en ella el /habitus/ imprescindible para el funcionamiento del capitalismo. El Estado toma consciencia de la necesidad de regular los ritmos de vida de su elemento productivo: la población. La escuela, diría Foucault, prepara /cuerpos dóciles/ y ésta es su principal función, mucho más que la enseñanza conceptual. Esa docilidad es la del obrero: se trata de generar un proletariado con predisposiciones acordes al modo de producción capitalista. En este sentido, es interesante aprovechar las reflexiones de Puyol y dar un paso aún más polémico, para reflexionar también acerca del socialismo real: fue pródigo en la escolarización disciplinadora, precisamente también para formar proletarios adoctrinados en el pensamiento único del Partido. De ahí que podríamos más ampliamente decir que la escuela se desarrolla en la y para la consolidación del Estado-nación moderno, para la preparación de ese cuerpo dócil al maquinismo moderno y de ese espíritu dócil a los mitos fundacionales del Estado.


Entonces, si la escuela domestica más que enseña, la extensión temporal (horas por jornada y jornadas por año) no tiene como finalidad enseñar más en términos conceptuales sino asegurar un mayor nivel de domesticación, reclama Puyol. En otro lado escribí que la verdadera "crisis de valores" disfuncional al sistema capitalista en su etapa actual, es el cuestionamiento /de facto/ de la plebe no proletarizada a los valores de obediencia a la autoridad y respeto a la propiedad privada. De ahí que el eje /socialización/ empiece a pesar mucho más que el eje /aprendizaje/, como señala Saviani, quien además aporta el cambio de función de la escuela: de la formación de obreros-ciudadanos a la formación de obreros-consumidores. Ahora bien, ese cambio de función de la escuela, que todo el sistema político, ante la crisis de la familia, unánimemente coloca como último garante del orden social (o penúltimo, porque después viene la policía y la cárcel), que va de la mano de un relajamiento de la disciplina interna (con la pedagogía neoliberal y el paidocentrismo) y una devaluación del nivel de exigencia académico, no deja de ser paradójico. Puyol, siguiendo a Deleuze, se atreve a decir que es un manotazo de ahogado, de una institución moribunda que ya deja de ser el principal modo de sometimiento psico-cultural de la plebe proletarizada y no proletarizada. Así, cita la noción de "sociedad de control", donde el eje del control ya no sería un sistema de subjetivación panóptico (de vigilancia micro-social), pues la muerte de la política en manos de la economía (y con ella la caída de los "metarrelatos modernos" del progreso burgués y la revolución obrera) habría dejado lugar a un modelo sinóptico en que todos miramos ejemplos morales (en los programas de chimentos, en las redes sociales, etc.), ya que el repliegue de la subjetividad en lo íntimo por la muerte del espacio público-político genera precisamente un espacio público de lo íntimo. En una sociedad de control, más que ajustarnos a lo que dice la maestra o la profesora, intentamos auto-producirnos como mercancías deseables para ser aprovechadas por algún empleador. Si no, caemos del mercado y quedamos directamente a la merced de las manos izquierda y derecha del Estado, como se sabe.


¡Pero cuidado! También dice Deleuze -y creo que es un elemento muy importante para intentar comprender el devenir del capitalismo pos-industrial- que el pasaje de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control no implica la eliminación de la disciplina sino su relajamiento, su des-centramiento, pero no su desaparición. Los mecanismos de control, centrados en el rediseño markético de la psiquis, se superponen y de algún modo requieren el trabajo "previo" de los mecanismos de disciplina. De ahí que podemos ver en la fe en las Escuelas de Tiempo Completo, cuyos resultados académicos son iguales que las de comunes, que de lo que se trata quizás a mediano plazo es aumentar el tiempo de encierro de los niños de los trabajadores y desempleados para intentar consolidar su aceptación de las /reglas de juego/ a la vez que modificar las estrategias pedagógicas en torno al "aprendizaje por proyectos", rompiendo la lógica fabril de la clase y el grado, más en favor de un estilo posmoderno de auto-producción. Así es posible superponer disciplina y control, dándole la primacía a éste.


Pero si la escuela moderna y la escuela pos-moderna forman cuerpos acordes al capitalismo industrial y financiero respectivamente: ¿Qué escuela nos conviene a los que no hemos sido beneficiados por las mieles del capitalismo? Puyol encuentra una clave: una escuela directamente en nuestras manos. Marx, en su Crítica del Programa de Gotha, acusaba a los socialdemócratas de un contra-sentido al proponer la universalización de la educación estatal, formadora en los valores de la burguesía, y proclamaba que la única escuela verdaderamente al servicio de la clase obrera es la escuela creada y gestionada directamente por los obreros. Luego él y sobre todo sus fanáticos seguidores con-fundirían la escuela de los obreros con la escuela del Estado controlado por la vanguardia de los obreros. Una pena.


*Notas:*

[1] Puyol, Ruben "La escuela: encierro, destrucción cultural y domesticación" en "Reconsiderando la educación en Uruguay", Sarthou, D. y Pujol, R., 2013, Montevideo.

[2] La imagen es modificación de una original alojada en http://www.flickr.com/photos/105684364@N05/10594902744/ License<http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/> <http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/><http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/> <http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/><http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/> <http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/><http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/>Some rights reserved <http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.0/> by Oficina de Prensa Transbarca <http://www.flickr.com/photos/105684364@N05/>