ADIÓS, INSPECTORES

07.02.2014 22:34

/Por Andrés Núñez Leites/




La presencia fantasmática de los inspectores en las escuelas públicas
uruguayas tiene una carga simbólica y unos efectos psicológicos
devastadores. Como bien señala Puyol en su artículo "¡Ah! Los
inspectores..." [1], los mismos forman parte de un dispositivo
panóptico, tal como fue ideado por Bentham: el vigilante puede estar
mirando o no al reo (la visita del inspector al maestro puede ser
cualquier día a cualquier hora), pero existe siempre como posibilidad.
La consecuencia es doble: el miedo del reo (o del maestro) y la
internalización del control por parte del reo (o del maestro), para no
ser pescado infraganti, ya sea en una actitud negligente o en una
actitud creativa que se salga de los lineamientos de las autoridades (de
la cárcel o del CEIP, el mecanismo es el mismo). Como parte de ese
dispositivo panóptico en que la mayor parte de la carga psíquica y
material de la vigilancia de las jerarquías del sistema se transfiere al
vigilado (el maestro), el sistema de inspección, con muy poco personal,
es radicalmente eficiente en su finalidad controladora: el (auto)
disciplinamiento de los docentes. No así en su finalidad manifiesta: dos
jornadas, o dos mitades de jornadas en un año, son insuficientes para
percibir lo que el maestro enseña, cómo lo enseña y si los niños aprenden.



La inspección calificadora es especialmente perniciosa porque instaura
una jerarquización arbitraria de los maestros a través de la asignación
de un valor numérico sobre su desempeño anual, de acuerdo a indicadores
cuya valoración dependen absolutamente de las veleidades personales del
inspector de turno y tienen para aquel serias consecuencias en cuanto al
acceso a las escasas oportunidades de "progreso funcional" que da la
carrera del magisterio.

Puyol historiza en el marco de nuestro Estado-nación la función
inspectiva en educación primaria estatal y la historización
des-naturaliza la mirada, es decir, suspende la suspensión del
razonamiento característica de la /epojé/ de la vida cotidiana de los
maestros. Los inspectores están, pero no son imprescindibles. Es posible
pensar una escuela sin inspectores, en definitiva, porque la escuela sin
inspectores no se sumiría en el caos: seguiría funcionando. Puyol amplía
las miras y denuncia la función reproductora de la diferencia de las
clases sociales que tiene la escuela, cuyo objetivo, más que impartir
contenidos conceptuales o habilidades técnicas específicas, es generar
un /habitus/, unas predisposiciones corporales y psíquicas acoplables al
aparato productivo.

Una escuela sin inspectores podría auto-regularse con coordinadores,
dice Puyol, con funciones de coordinación, asesoramiento, apoyo,
mediación, pero sin fiscalización. La escuela seguiría existiendo y no
decaería su trabajo pedagógico, y el efecto sería posiblemente el
contrario. El planteo de la sustitución del inspector por la figura del
coordinador es hecho como propuesta provisoria, como período de
transición hacia formas de institucionalidad "al servicio del pueblo".

Podemos coincidir en que casi seguramente una escuela sin inspectores
sería más habitable, menos estresante, con menos malestar docente,
posiblemente incluso con mejores resultados pedagógicos. Es una buena
idea caminar en ese sentido. Cabe pensar, empero, que la desaparición de
los inspectores no implicaría una desaparición de la función
jerarquizadora de la escuela, reproductora y legitimadora de las
diferencias de clase, creadora de cuerpos dóciles necesarios para la
continuidad de la explotación de unas clases sobre otras. Aún en un
contexto revolucionario, se podría sospechar que la escuela en sí, a
través de la relación docente-alumno restituye un orden social
piramidal, excepto que se tratara de un espacio voluntario de
aprendizaje, sin examen, sin calificaciones ni pasajes de grado. Y un
espacio así tan liberador, podría seguir llamándose escuela pero apenas
como evocación de lo que hoy conocemos como tal.

Lejos de esta discusión utópica, la tendencia actual, tanto "por
derecha" como "por izquierda", parece ser bastante ajena a esa discusión
con un aire de familia socialista: la función inspectiva tiende a
sostenerse e incluso reforzarse, complementándose con las tecnologías
informáticas para un monitoreo más refinado de la productividad
pedagógica de los docentes, lo que es de temer que no tarde en
incorporarse entre las variables que incidan no sólo en la
jerarquización funcional de los docentes (en su calificación y
ordenamiento) sino posiblemente en su retribución económica.

El artículo de Puyol viene a contracorriente y tiene la virtud de
plantearnos la suspensión del sentido común en que se sostiene la
legitimidad de la escuela y de historizar una de sus figuras más
problemáticas y cuestionables: el inspector, asociando su funcionalidad
a la reproducción del orden estatal y capitalista. Extendamos ese
planteo a la figura del maestro y la institución escuela.



*Nota:*

[1] Puyol, Ruben "¡Ah! Los inspectores" en "Reconsiderando la educación
en Uruguay", Sarthou, D. y Pujol, R., 2013, Montevideo.

[2] La imagen es una modificación de la original alojada en
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