PÓCIMA PARA POTROS

30.11.2013 18:33

/Por Andrés Núñez Leites/


Aficionado como era Don Claudio a las << pencas >>, esas carreras de tres caballos tan comunes en el campo rioplatense, no podía permitir que el alzamiento de << Ligeiro >>, su potro favorito, lo dejara fuera del evento del fin de semana en Minas de Corrales. Se esperaba la concurrencia de caballos ganadores de Livramento y Tranqueras, lo que hacía elevar el valor de las apuestas y el interés de los paisanos.


Como caballo alzado no corre, pidió ayuda a Moreira, el veterinario del pueblo, a ver si tenía algún remedio para el celo del animal, que se había vuelto incontrolable. Moreira aseveró con la seguridad de la experiencia: << Usted coloca un poco de ésto en el bozal del animal todos los días al amanecer y el problema se soluciona antes de la carrera >>, al tiempo que le alcanzaba un frasco con un aceite apenas amarillento, casi transparente, de olor penetrante, etiquetado como << Aceite de alcanfor >>.


Don Claudio agradeció y se retiró ligeramente perturbado del local. ¿Qué le pasaba? Tenía la sensación del reencuentro con un tiempo lejano e indefinido, pero las imágenes aún no lograba emerger a la conciencia.


Al otro día se levantó al amanecer, preparó el mate, tomó el frasco que le dio el veterinario y caminó hasta el galpón donde descansaba el caballo. Cuando fue a colocar un poco del aceite en el bozal, la evocación del día anterior se hizo mucho más intensa: era ese olor el que abría una brecha hacia la profundidad de su memoria. No se esforzó en recordar, porque como se sabe, cuando uno exige a la memoria el recuerdo se escabulle, y confió al paso de los días la aparición de las ahora deseadas imágenes.


El fin de semana, Ligeiro estaba muy tranquilo. El tratamiento había dado resultado y estaba pronto para la carrera. No quedaban rastros del celo. Don Claudio iba conduciéndolo de las riendas a pie, junto a un peón y un jinete, hasta el punto de largada, para los preparativos finales, cuando algo destelló en su mente octogenaria. En pocos segundos se sucedieron en su imaginación, cual viejas diapositivas, las imágenes de la antigua estancia brasilera, aquella época tan feliz, con sus padres, sus hermanos y sus primos. Recordó vívidamente a << Vovó >>, la abuela, quien tenía la costumbre de regalar a cada nieto varón, cuando llegaba a los 14 ó 15 años de edad, un escapulario con una virgencita, que reclamaba semanalmente por unas horas para bendecir y luego devolver lleno de hojas de laurel machacado con un aceite cuya naturaleza nunca revelaba. Los muchachitos atesoraban el misterio en su interior cual pócima mágica capaz de protegerlos. En las primeras horas el olor ocre era intenso, pero luego se hacía más agradable. << Era alcanfor >>, balbuceó con los ojos humedecidos, respiró hondo y continuó caminando.