NI UN ASOMO DE NOSTALGIA

24.08.2013 20:32

/Por Andrés Núñez Leites/


Fui niño en los años 1980s. El miedo se extendía por todo el cuerpo social, y esa era la función del terrorismo de Estado, a través del asesinato y la tortura de un número limitado de personas, esparcir los efectos de "apaciguamiento" de la voluntad de poder popular por toda la sociedad. Los niños estábamos politizados, porque el celo panóptico de la ortopedia social militarista tenía el efecto paradójico de codificar cualquier distanciamiento con las normas coditianas como acto de subversión, lo cual funcionaba también como una tentación. En la escuela la dictadura no sólo estaba presente por los libros de "Educación Moral y Cívica", sino en la formación de columnas en que cada uno tenía que ubicarse en una baldosa, mirando al frente y marcando distancia con la mano y sobre todo en la profusión de actos patrióticos, la omnipresente simbología nacionalista y el fomento de la idolatría artiguista. Esa época nos dejó marcados, si no, yo no recordaría que cuando estaba en primer grado y tenía aún 5 años, una niña le preguntó a la maestra, mientras ésta hablaba del Uruguay: "¿Uruguay es una democracia o una dictadura?" y la maestra contestó, con mucho coraje porque hubiera bastado que un niño hijo de policía o militar repitiera en su casa la respuesta para que el régimen la sumiera en el infierno: "Una dictadura, porque mandan los militares, que nos amenazan con las armas." Pero lo más preocupante es cuánto hemos olvidado de esa década, porque posiblemente sea lo que más nos haya dejado huellas inconscientes, que ahora se expresan como pesimismo, miedo y rechazo del cambio social.


Luego del advenimiento de una democracia tutelada por el ejército, en una demostración de debilidad total de razonamiento socio-politológico, desde la burbuja montevideana, la izquierda supuso que era legítimo y estratégicamente conveniente someter a votación los Derechos Humanos, por lo cual, cuando Wilson, el símbolo blanco de la resistencia a la dictadura, selló con su voto la impunidad para los funcionaros estatales que habían cometido las peores aberraciones contra la población indefensa durante más de una década, se embarcaron en una campaña por un referéndum cuyo fracaso no hizo otra cosa que consolidar la impunidad, sumándole la potencia simbólica de la legitimidad que otorga la "soberanía popular".


Pasábamos de la mitad de la década de los 1980s y la cifra de robos y asaltos no era similar a la actual. Pero la sociedad de los 1980s era violenta. La policía hacía aún "seguimiento de homosexuales" (no porque los policías fueran sustancialmente "malos", sino porque que expresaban una pauta cultural de violencia homofóbica extendida por la sociedad, y por ejemplo en la misma época era común que los niños, allá en Tacuarembó, se divirtieran insultando y tirándole piedras al "Cachita", el único travesti del pueblo), levantaba sin motivo a los jóvenes de las plazas y los llevaba a pasar la noche en los calabozos de las comisarías -sobre todo si tenían aspecto roquero o hippy- reprimía a garrotazos los recitales de rock e incluso los bailes de adolescentes, que con frecuencia terminaban en peleas generales. Cada barrio, y me consta que ésto ocurría en varias ciudades del interior, tenía su "barrita" de adolescentes que, cual hinchadas de fútbol, disputaban el prestigio y la hombría mal entendida a las otras similares de otros barrios, culminando en grandes peleas en las plazas públicas. Destapada la olla de la represión dictatorial, la sociedad estallaba. Un fenómeno termodinámico, se diría.


En las radios irrumpían las FMs. Una buena calidad de sonido, símbolo de la modernidad y de la "juventud" que accedía a la radiodifusión de contenidos. Pero la adjudicación de frecuencias se hizo, como siempre, por reparto político, y casi toda ciudad tuvo dos FMs, una de dueño blanco y otra de dueño colorado. La música llegaba en LPs y casetes con registros de "lo que se escuchaba" en Montevideo, que lo copiaba de Buenos Aires, que lo copiaba de Europa y sobre todo de Estados Unidos. Mejor dicho: lo peor de Europa y Estados Unidos, la música más simple, con menor trabajo técnico, buena sólo bajo el criterio del "rating".


Es saludable que la gente recuerde el pasado, que tenga memoria. El problema es que las reconstrucciones del pasado a veces tienen una parcialidad notoria. Tampoco estoy diciendo que sea malo abstraerse del sufrimiento, de las pesadillas pasadas, y recordar la música de una época, sus bailes, sus modalidades de cortejo entre hombres y mujeres y todo aquello del pasado a lo que se quiera atribuir un valor positivo (discutible, obviamente), incluso en medio de las tormentas políticas y sociales. Pero de algún modo, la producción masiva de "nostalgia" por los años 1980s tiene un aire de familia con las operaciones políticas que a nivel de la enseñanza, los medios de comunicación y el discurso institucional generaron -en la segunda mitad de los 1980s, toda la década siguiente y por lo menos hasta la primer mitad de la década del 2000- una recodificación de la oscuridad de los 1980s, una producción activa de olvido en relación con los últimos años del terrorismo de Estado. O por lo menos es funcional a dichas operaciones y esa memoria parcializada que produjeron y parece llegar a su clímax el 24 de agosto, la "Noche de la nostalgia".