LOS DOCENTES DEFIENDEN LA ALEGRÍA

21.07.2013 22:43

/Por Andrés Núñez Leites/


"Defender la alegría" fue la exitosa consigna de la izquierda progresista en su campaña triunfal y en la siguiente para mantenerse en el gobierno en Uruguay. En el mismo sentido los partidos de izquierda progresista de otras partes de América hacían una justa crítica a la pesadumbre neoliberal de derecha cuya hegemonía política en los 1990s parecía preparada para eternizarse. El neoliberalismo eleva al status de verdad científica inapelable el dogma del equilibrio macroeconómico centrado en la conveniencia del gran capital: la oferta manda y requiere subsidios para los ricos, exoneraciones, promociones a la inversión, atraso cambiario, impunidad para la contaminación del medio ambiente, cesión de soberanía de los tribunales locales en tribunales internacionales sesgados en el interés corporativo. En tanto programa para la desarticulación política de cualquier forma de resistencia a la fuerza del mercado en todos los espacios sociales y psíquicos, y tras la utopía de la explotación infinita de las personas y la naturaleza, el neoliberalismo deprime a la sociedad, enarbola pasiones tristes, culpabiliza a los trabajadores sindicalizados por sus irresponsables reclamos salariales de consecuencias "inflacionarias", a los ecologistas por su ridícula defensa de la naturaleza (un bien económico cuya defensa sólo sería posible desde el momento en que su privatización absoluta hiciera que dañarla imcara afectar intereses lucrativos ajenos) y a los izquierdistas por demagogos espantadores de inversores. El neoliberalismo imprime en la subjetividad de las personas el miedo al desequilibrio por la excesiva ambición (que sólo es tal cuando el sujeto es un trabajador o un desempleado), el temor a la crisis, a los desbordes, la violencia, la represión y la pobreza.


La izquierda progresista llegó al gobierno enarbolando la defensa de la alegría como metáfora de una recodificación del vínculo entre las personas y la sociedad. Contra el discurso "sistemista" de la derecha neoliberal, reivindicó la capacidad de las personas de incidir, de modo técnicamente controlado, en el devenir económico y social del país. Reivindicó la política como sistema estructurante del sistema económico, invirtiendo la relación neoliberal.


En una cultura monoteísta cristiana, nunca salimos de la cosmovisión monoteísta cristiana, más allá de nuestra autoimagen de sociedad laica: contra los sacerdotes que utilizan las pasiones tristes para consolidar su poder clasista, una rebelión cuyo discurso se sustentaba en el mejor interés de las bases de la congregación social reivindicaba la cristiana capacidad de traer el reino de los cielos a la Tierra, aunque fuera de a poco y con cuidado, destronando obispos neoliberales, retomando las tradiciones originarias de acuerdo al mito de la formación nacional: asambleas, debates, congresos, participación popular. Un cristianismo primitivo, digamos. Sin embargo, en un nuevo giro de racionalización religiosa, la comunión con Dios, el acceso a la utopía, vuelve a diferirse eternamente y pasa a evocarse simbólicamente: la revolución se vuelve gestual, sígnica, pero no práctica. La izquierda progresista construyó su legitimidad, en los hechos, sobre la base de la conciliación entre la realización material de los intereses del gran capital -manteniendo la política macroeconómica neoliberal- y la asistencia social focalizada en los sectores más dañados por el neoliberalismo, los sectores más pobres dentro de los pobres. La recuperación económica de los sectores de trabajadores de bajos y medianos ingresos los llevó a un punto no mucho mejor que el anterior a la crisis de 2002.


En relación con la militancia de izquierda, el discurso debió volverse muy plástico, estirando, forzando la relectura de conceptos del folclore izquierdista para inscribir en ellos una práctica más bien neoliberal. Era cuestión de tiempo para que la cooptación de los líderes sindicales (por identidad y por provecho económico propio a través del acceso a cargos estatales) empezara a mostrar fisuras, sobre todo porque la extraordinaria acumulación de riqueza en la cúspide de la pirámide social no se corresponde con un mejoramiento similar en los estratos inferiores. La concentración de la riqueza y la consiguiente pauperización relativa de la mayoría de los uruguayos se torna visible en los espacios sociales compartidos y televisados. De ahí que una nueva camada de militantes izquierdistas, anarquistas y comunistas no frenteamplistas, pero en realidad mayormente frenteamplistas, pierde la paciencia, se cansa de esperar eternamente la instauración del Paraíso y empieza a reclamar lo que considera su derecho. Era cuestión de tiempo para que el auto-disciplinamiento de la izquierda gobernante diera paso a una rebelión de izquierda dentro de la izquierda. La situación del gobierno es incómoda, porque ya no puede sostener que es capaz de estar bien con Dios y con el Diablo: o realiza los intereses de unas clases sociales o los de otras. La suspensión neo-neo-batllista de la lucha de clases muestra sus límites en la inflación de los alimentos y la educación, en el sufrimiento de los trabajadores peor pagos ante los precios de los alquileres, en el estrés, las jornadas de trabajo agotador, la soledad y la sobre-institucionalización de sus hijos, el deterioro de la salud mental, el endeudamiento. Ese sufrimiento no sólo se compara con el sufrimiento propio en la década neoliberal a secas, sino que se compara con las obscenas regalías gubernativas a los más ricos. De ahí que estalle la huelga docente, alimentada por la oposición de derecha y por el propio gobierno en la medida que al unísono responsabilizan a los docentes por los malos resultados educativos y por la no superación de la pobreza, desviando la atención respecto a la estrategia de acumulación de capital neoliberal, que es la verdadera máquina generadora de riqueza y pobreza.


Los docentes movilizados, como anotaba irónicamente algún periodista de derecha, entonan por las calles viejas consignas de la izquierda de los 1960s. Ello es esperable: es un movimiento restaurador del movimiento, restaurador de la política, de la alegría como pasión política, de la posibilidad de cambiar el mundo, aunque sea en ínfima proporción, en contra de la triste resignación ante un modo de acumulación del capital concentrador de la riqueza. He hablado con varios militantes movilizados y todos transmiten la misma sensación de plenitud personal; en medio de la adversidad sienten que el dique burocrático-sindical ha sido superado. Saben que durará poco, pero acaso ese siempre sea el destino de la movilización de izquierda. En lo que constituye una jugada política magistral algunos comienzan un proceso plebiscitario para equiparar el salario de los legisladores al de los docentes: se trata de romper simbólicamente la distancia que separa a aquellos de las necesidades de la población y se trata de una modificación de la jerarquía social para exponer el egoísmo y el altruismo de aquellos que reivindican para sí la representación de la voluntad popular. Reaparece como evocación la mentalidad de los obreros franceses de la Comuna. Mientras "defender la alegría" se ha vuelto, para el partido de gobierno, un imperativo jerárquico para que sus militantes promuevan los logros del gobierno, los docentes movilizados defienden la alegría en el sentido original de la expresión dentro del campo de la izquierda: es posible modificar políticamente el entorno social para que sea humanamente habitable, en lugar de someterse al falso automatismo del mercado.


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