EN LA CALLE

17.07.2013 11:59

/Por Andrés Núñez Leites/


Cansado, con seis o siete bolsas tiradas a su alrededor, sentado en el cordón de una vereda céntrica de la ciudad, los hombros resignados, la mirada perdida, un chico de no más de veinte años de edad se enfrenta a su primer día en la calle. El miedo, la angustia, la soledad emanaban de su cuerpo y podían percibirse con sólo mirarlo. Los automovilistas pasan sin verlo. Los transeúnes pasan sin verlo. Yo mismo paso intentando no verlo. Luego vuelvo, hablo un instante con él, me contesta mirando hacia abajo, toma el papel que le doy con la dirección de un refugio cercano para "personas en situación de calle" y me voy. Seguramente me percibe como un escalón más en su descenso al infierno o una especie de demonio que le facilita el ingreso simbólico al círculo de los más pobres entre los más pobres.


La vivencia de la calle y especialmente en el centro de una ciudad, es traumatizante. Sobre todo porque muchos de aquellos que van a parar en esa situación no provienen de entornos familiares en los cuales hubieran podido armarse para la supervivencia en condiciones de salvajismo en medio de la modernidad; muchos provienen de familias de trabajadores que se desarticularon por un problema económico o vincular, e incluso de familias de clases medias. Dos o tres desgracias consecutivas en un entorno familiar (separaciones, pérdida de empleo, muerte) pueden precipitar a alguno de sus miembros a la calle. Generalmente son varones, porque el lugar social del varón recibe menos solidaridad económica del entorno familiar ampliado: el varón debe trabajar y mantenerse y es poco admisible tomarlo bajo tutela. Una vez allí todo empieza a perderse. Un chico como el que mencioné no tardará en ser robado y sus bolsas se reducirán con suerte a una sola; probablemente se vuelva receloso y esquivo por las agresiones verbales y eventualmente físicas de otros en su condición pero especialmente de gente pobre que está "un poquito mejor" porque tiene techo donde refugiarse pero circula por la calle buscando oportunidades para robar. En la medida que pasan los días y su higiene personal desmejore, dejará de ser admitido en bares y clubes, y tendrá que orinar y defecar en algún rincón detrás de una volqueta de basura, o de un árbol, pedir restos de comida en los comercios, detectar los lugares donde algunas ONGs y grupos cristianos dan comida a la gente "como él".


En todo caso, se acostumbrará a ser /transparente/. Las miradas de los otros dejarán de reconocerlo como un igual y verán a través de él, como se mira cuando hay un obstáculo cualquiera en la vereda o en la calle. Las personas de razonamiento sencillo pensarán "No quiere trabajar", "Seguro que está loco" y otras fórmulas tranquilizadoras para la propia conciencia y las personas con un razonamiento más abstracto, según su perfil ideológico pensarán "Los que no están preparados y no se esfuerzan lo suficiente terminan así" o "Es necesario mejorar las políticas sociales para las personas en situación de calle" pero en ningún caso lo verán a él directamente a los ojos ni le ofrecerán ayuda más que esporádicamente. Afortunadamente habrá excepciones: una vez que el chico tenga un circuito definido y los vecinos perciban que no es peligroso, recibirá algún plato de comida sobrante, ropa y quizás, sólo quizás, el beneficio del saludo cotidiano, aunque guardando distancia.


En épocas de crisis económica las cosas empeorarán para él. Aumentará la cantidad de gente en su situación, compitiendo por los recursos y lo que es peor, se desatará la frustración por todo el cuerpo social y precisamente el cuerpo de la persona en situación de calle es un blanco de descarga de esa frustración. He escuchado testimonios de enfermeros y médicos acerca del aumento significativo de personas en situación de calle con fracturas, cortes y quemaduras que son llevados a las emergencias médicas en épocas de crisis. Que en su momento los grupos de jóvenes nazis tomaran como objetivo de su acción directa a las personas solitarias y a los pobres en situación de calle no es casual: en el cuerpo del "bichicome" se proyectan significados del fracaso existencial personal y cultural y económico de la sociedad toda y las interpretaciones más reaccionarias los responsabilizan por ese fracaso, derramando sobre ellos además signos de peligrosidad y delito, como cuando en la infancia se nos asustaba con "El hombre de la bolsa". Una persona en la calle, en definitiva, es vulnerable en términos absolutos y candidato a chivo expiatorio de una sociedad temerosa.


En una etapa revolucionaria o de cambios significativos, de esas en que las personas de distintas clases sociales se vuelcan a la calle a reclamar un reordenamiento de juego social, quizás quienes viven en la calle podrían reencontrar el reconocimiento de su condición como personas y participar en ollas populares y movilizaciones; pero estamos lejos de una situación así, estamos en una etapa en que la ciudadanía delega en el Estado la solución de todos los problemas. A partir de esa delegación del poder, de la responsabilidad y de la conciencia, desde una perspectiva de izquierda suele ser habitual criticar a las ONGs, a las iglesias y a los programas estatales que trabajan con la gente de la calle, porque no buscan soluciones de fondo y a través de la caridad y la ayuda directa terminan "legitimando al sistema" cuando la única solución de fondo estaría en el cambio de modo de producción, en la superación del capitalismo,. Sin embargo, se ocupan del "mientras tanto" y actualmente son la única respuesta que nuestra sociedad ha encontrado para estas personas que han perdido incluso lo más elemental para la supervivencia como es el techo. Quizás aquél chico con cuya imagen comencé esta nota pueda encontrar en ellos y en algún que otro vecino algún resto de humanidad, algún resto de esperanza.