AGUA PODRIDA

05.05.2013 09:23

/Por Andrés Núñez Leites/


"Agua podrida" cantaba Leo Maslíah en los 1980s y para mí, un niño entonces, no era una broma sino una imagen montevideana, que revivía mensualmente cada vez que visitaba la capital uruguaya; en todo caso una broma melancólica, una broma de auto-imagen tercermundista, con un dejo de ironía sublevadora ante lo real. La podredumbre originada por los problemas de saneamiento urbano eran un signo del fracaso dictatorial y colorado (acaso las dos cosas se superponen bastante, como sabrá el lector o lectora). Entonces la promesa de la izquierda, que entonces gritaba aún cantos revolucionarios al viento, era limpiar la ciudad; los "progresistas" identificaban la salud pública con el progreso, y visto a largo plazo, las impresionantes obras de saneamiento de Montevideo quizás hayan sido su mayor obra pública, luego de varios lustros en la gestión municipal.


Pero quince años después la izquierda, la misma izquierda frenteamplista, con el mismo candidato que había conquistado el gobierno capitalino en aquel momento, llega al gobierno nacional. Y retorna el agua podrida. Algunas cosas cambiaron. Por ejemplo, el mismo candidato ya no se afilia al Partido Socialista y reviste como consultor estable del FMI, y su sucesor en el gobierno pasó de guerrillero socialista con simpatías maoístas a promotor de inversiones trasnacionales para la explotación de la naturaleza local. "Todo cambia" reza la bella canción de Mercedes Sosa que el Frente Amplio tomó como tonada para celebrar su éxito electoral en 2005. El problema es el sentido del cambio.


La postura política del estado uruguayo en materia medio-ambiental, con el F.A. en el poder ha cambiado un ápice en relación con la de los gobiernos de la derecha tradicional. Se ha destinado algunos recursos más para la autoridad ambiental, aunque la misma aún posee un déficit técnico preocupante. En algunos casos se ha negado a alguna que otra empresa la realización de un proyecto productivo devastador para la naturaleza. Pero no ha cambiado la ley ambiental, que pone en manos de la empresa la realización de los estudios previos de impacto ambiental. No ha cambiado la política específica hacia los transgénicos, que si nos atuviéramos al principio precautorio impreso en la Constitución, no deberían autorizarse hasta que se pruebe su carácter inocuo para la salud. No ha cambiado la política hacia los plaguicidas (el lector o lectora familiarizada con el tema sabrá que la misma empresa que vende semillas transgénicas vende el plaguicida correspondiente), cuya característica principal es la persistencia en el medio ambiente. Sin embargo el mecanismo mental y procedimental de la institución es inverso: se autoriza lo que sea hasta que se pueda comprobar que es perjudicial para la salud. Y una vez que ésto ocurre, en lugar de detenerse la actividad perniciosa, el Estado invierte los recursos públicos en remediación y atenuación de efectos, manteniendo en lo posible incambiada la actividad productiva.


Montevideo abastece a sus ciudadanos con agua podrida. Un acontecimiento pasajero, pero que se repetirá por las altas temperaturas en verano, dicen los jerarcas estatales que rigen el uso del mineral, como si se tratara de una fatalidad similar a un meteoro. Es interesante el discurso y la sensibilidad neoliberal, sea de izquierda o de derecha: lo que es producto de acciones humanas, con responsabilidades personales, institucionales y empresariales identificables, es codificado como obra de una mano invisible. Los académicos locales acusan: la presencia de nitrógeno y fósforo, provenientes de los venenos utilizados en las plantaciones de soja transgénica, más el calor, ambientan la aparición de bacterias. En lugar de prohibirse el uso de tales agrotóxicos, comenzando en primera instancia por impedir su empleo en las cuencas de los cursos de agua de donde se abastece a la población, el Estado piensa en cómo remediar la contaminación del agua por exceso de nutrientes, y recurrirá a filtros de carbón activado.


/La tarea liberadora consiste ahora en desafiar el sentido común neoliberal que antepone a la vida el lucro. Y aunque le pese a la izquierda empresarial, lentamente, reciclando ideas viejas, creando otras nuevas, con contradicciones y errores, muchas personas y colectivos empiezan a darse cuenta que en los conflictos por el medio ambiente, allí donde el capitalismo se desarrolla devastando la naturaleza y afectando a las comunidades humanas concretas, hay un espacio para la resistencia y, tal vez, el cambio social./