MUJER MUERTA

04.05.2013 19:55

Por Andrés Núñez Leites


El peinado más triste consiste en cabello largo, rizado, entornándose sobre la cara, derramado inmóvil sobre un charco de sangre espesa y oscura. Azar, allí donde uno quisiera ver un último gesto pudoroso. Un policía conmovido se pone de rodillas junto a la belleza violentamente extinguida. Un gesto en vano, tan solo. Dos toneladas desplazándose a sesenta kilómetros por hora forman una mole asesina, aún conducida por dueños apacibles. Los cuerpos humanos no resisten el impacto, pero nadie detendrá la fabricación y venta de cosas así, ni el orgullo que despiertan a gobernantes cipayos e imperiales, a burgueses y obreros. Una ciudad no es un lugar donde vivir: cada ochenta o cien metros arriesgamos la vida. Pero en el campo sólo hay hambre y tierras ajenas; además no sabríamos qué hacer desde que nuestros abuelos fueron expulsados de allí. Entonces nos entregamos a la maquinaria urbana e integramos sus dispositivos creyéndonos libres. Los viejitos y los niños tienen un dios aparte, y se llama Suerte: evita en cada esquina que las moles les saquen las tripas para morir entre horribles convulsiones, o que la cabeza simplemente reviente matándoles en segundos, como la mujer de la calle Agraciada. Un escalofrío suave recorrerá la espalda de los testigos imaginando el doloroso desvanecimiento, la desorganización interna, el progresivo acaecimiento del cuerpo sin órganos, el pasaje al más allá, la muerte, la nada. Pronto buscaremos olvidarla, distrayéndonos con cualquier banalidad. Luego vendrán las flores, las moscas y los parientes, los hijos llorando un dolor sin fondo, los ojos apagados de los hermanos o tal vez su novio. La civilización de máquinas con su alta velocidad de circulación de energía seguirá funcionando, insospechada autora de los crímenes más abyectos, como el peinado de aquella mujer.