EL SHOW DEL SUICIDIO

04.05.2013 21:27

/Por Andrés Núñez Leites/





Nadie parece poder explicar la alta tasa de suicidios del Uruguay, que
lo coloca junto a Cuba en los primeros puestos de mortalidad por esta
razón en América. El desconcierto de los agentes estatales, la falta de
autocrítica de los gobernantes y la exposición irresponsable del tema en
los medios masivos de difusión parecen ambientar en todo caso un
escenario opaco y equívoco, en el cual la problematización difícilmente
genere un conjunto de políticas públicas y privadas, y de actitudes en
el nivel institucional, comunitario y familiar capaz de revertir aunque
sea parcialmente la situación.

Hace alrededor de diez años escribí dos notas como reacción a la falta
de respuesta pública ante la alta tasa de suicidios en el país y
especialmente en las ciudades de Tacuarembó y Salto. En ellas arriesgaba
dos hipótesis: primero, que el suicidio de adolescentes y jóvenes
respondía a una mutación cultural posmoderna, que puede resumirse en la
noción de pérdida de sentido existencial, o más estrictamente mutación
del sentido existencial, pasando de una narrativas colectivas y
modernas, relativamente estables (progreso burgués y revolución
socialista), abarcadoras de toda la existencia, a una pérdida del
futuro, y a una reestructuración de la ilusión de la vida en torno del
presente y el consumo. Paralelamente y haciendo sistema con ese cambio,
la reestructuración regresiva del capitalismo, la hiperexplotación del
tiempo de trabajo, la precarización de las situaciones laborales -no
sólo en las clases obreras, sino también en los sectores profesionales
de clases medias- completaban, desde el sistema económico, un panorama
potencialmente suicidógeno. Luego, siguiendo una línea de pensamiento
sociológico tradicional, es de esperar que aquellas franjas etáreas
menos sostenidas por las redes sociales (laborales, familiares y
vinculares en general), es decir, los jóvenes “en edad de
independizarse” según nuestro mandato cultural local, y aquellas sobre
las cuales hay un peso muy grande en términos de expectativas de
productividad económica y provisión familiar de bienes económicos y
status social (los mayores de 45 años, y muy marcadamente dentro de
éstos los varones), esto es aquellos atravesados por las mayores
tensiones entre las expectativas culturales tradicionales que tienen una
historia e inercia muy larga (mandatos de género y etáreos) y la nueva
configuración de la sociedad en términos culturales y económicos, que
provee escasas posibilidades de realización de aquellas expectativas
para amplios sectores de la población. De modo subsiguiente, agregábamos
que la ocultación del suicidio era una necesidad política y psicológica,
consecuencia del neoliberalismo -entendido no sólo como un conjunto de
medidas económicas que liberan a los emprendimientos productivos y
especulativos de las clases poseedoras de los medios de producción de
toda traba humanitaria, sino como un programa tendiente a facilitar la
capitalización de todos los aspectos sociales y de la naturaleza para
reforzar el ciclo acumulativo del capital-, en la medida que el suicidio
constituye una muestra elocuente de desencanto con el proyecto político
hegemónico y puede leerse como una deflación de la ilusión, de la
apuesta libidinal por el juego social.

El tiempo pasó. Hace unos ocho años, el estado crea un organismo
interministerial para trabajar el “tema” del suicidio. Es decir, el
nuevo gobierno de izquierda que asciende toma la posta y asume la
problematización del mismo. Pero así como la tasa de emigración (otra
muestra de aquella deflación) no se revirtió como los gobernantes
ex-marxistas devenidos neoliberales atenuados (de tercera vía, es decir:
política económica para el crecimiento de la oferta + ayuda social
focalizada en la pobreza más desesperante) hubieran esperado, tampoco
ocurrió lo propio con la tasa de suicidio. La cifra es alta y estable.
El organismo estatal no llegó a reunirse una sola vez en esos ocho años,
faltaba agregar a esta reseña.

Ahora, en 2012, la problematización emerge desde un lugar quizás
inesperado: los medios masivos de comunicación. Esto porque los
suicidios preocupan pero también venden: se integran a la oscura familia
de las noticias policiales y la tragedia de la delincuencia contra la
propiedad privada -repetida y amplificada hasta el cansancio- y los
accidentes de tránsito. Aparece la problematización de la mano del
denominado “periodismo de investigación”, que en realidad realiza
búsquedas de información más detallada y extendida que la expuesta en
los noticieros, pero que, por la dinámica de su producción, la debilidad
de la construcción teórica previa y en ocasiones del tratamiento de
fuentes, no constituye estrictamente una actividad de investigación.
Constituye, vale reconocer, una saludable superación del clásico
periodismo de noticias que en muchos casos se reduce a la comodidad y
conveniencia de entrevistar a las autoridades estatales y políticas,
seguir su agenda e irradiar su discurso. Pero cuando se entra en la
arena movediza del suicidio, toda precaución debería ser poca, y los
ciudadanos desde nuestros distintos roles (incluyendo a los periodistas
en primer lugar) deberíamos estar atentos a que el dispositivo markético
encuentre en nuestra conciencia individual y también, si cabe, en las
políticas institucionales estatales y de los medios masivos, un freno al
sensacionalismo, a la sensiblería vendedora y, en este caso, a algo
mucho más grave: la irresponsabilidad por el contagio o la réplica.
Existe una amplia bibliografía internacional, que incluye guías
específicamente diseñadas para medios de comunicación sobre cómo tratar
el tema del suicidio, ya que en más de una oportunidad pudo comprobarse
la correlación positiva entre el tratamiento irresponsable y el aumento
de la ocurrencia de suicidios, especialmente en la población juvenil.

Algunas cosas que no se deben hacer: glorificar la memoria de los
muertos (porque refuerza la fantasía de trascendencia pos-mortem),
describir el método de autoeliminación (porque es ejemplo, no tanto
técnico sino por el sentido atribuíble al mismo como acto de
comunicación), mostrar fotos (menos aún con música melancólica
incidental, que generan identificación con el suicida), repetir
acríticamente el discurso familiar de la ausencia de señales previas
(cualquier experto puede encontrar, por ejemplo, comportamientos
parasuicidas y/o tendencias depresivas ante esos signos que los
familiares no logran decodificar técnicamente), equiparar el suicidio
con la idea de “solución” (cuando es más bien una interrupción ad
aeternam de un proceso personal y colectivo de solución), provocar las
lágrimas de los dolientes con preguntas sobre los sentimientos hacia el
muerto (porque refuerza la fantasía de la consolidación a través de la
implantación de una culpa radical en los sobrevivientes), magnificar las
cifras de suicidio (decir “altísima” o “creciente” no es lo mismo que
“elevada”). Lo anterior no significa no hablar del tema sino hacerlo de
un modo responsable, teniendo en cuenta a los receptores en tanto
personas con mayor o menor vulnerabilidad. Sí debe incluirse referencias
a servicios de apoyo a los potenciales suicidas, si se muestra fotos de
un suicida se debe sobreimprimir en la imagen números de asistencia al
suicida, citar a variados expertos (psicólogos, sociólogos) para quitar
el tema del territorio de lo mísitico e inexplicable, mencionarlo como
un problema de salud pública y ayudar a la población a detectar -sin
generar paranoia- signos de atención en los familiares que hagan
recomendable la consulta médica y/o psicológica.

Para que el suicidio salga del espacio del show televisivo que vende
porque atrae la morbidez de la teleaudiencia, quizás mi mayor
recomendación, más allá de las recién mencionadas, que constituyen parte
del acervo científico internacional, sea la posibilidad de invertir los
términos del problema. Es decir, problematicemos el suicidio, informemos
sobre él, generemos una saludable preocupación pública por el tema, pero
planteémonos junto con ello esta otra pregunta desafiante y de amplias
implicaciones teórico-prácticas: /¿cuáles son las prácticas sociales y
personales que aportan la ilusión suficiente para que nos aferremos a la
vida?/



 

*NOTAS*

 

 

*Artículos de mi autoría*

 

*El suicidio juvenil*

http://sociografias.webnode.es/news/el-suicidio-juvenil/

 

*Ocultar el suicidio*

http://sociografias.webnode.es/news/ocultar-el-suicidio/

 

 

 

*Artículos externos*


*Revisión de investigaciones sobre el impacto de los medios en el número
de suicidio*

Gould, S. Madelyn - "Suicide and the Media" -
http://www.columbia.edu/itc/hs/medical/bioethics/nyspi/material/SuicideAndTheMedia.pdf

 

*Guía práctica para el tratamiento del suicidio en los medios*

American Foundation for Suicide Prevention ed alter,"Recommendations for
reporting on suicide" -
http://reportingonsuicide.org/Recommendations2012.pdf