ACERCA DEL LENGUAJE RACISTA

04.05.2013 22:18

/Por Andrés Núñez/


¿Qué implica el racismo? Una fórmula general y abstracta, para toda forma de discriminación negativa, puede rezar así: "Discriminar implica reducir la disponibilidad de recursos vitales de un grupo determinado." El racismo uruguayo contra los descendientes de los esclavos, salvo excepciones, no se traduce en insultos (que los hay) ni en la violencia física (que también la hay), sino en una miríada de pequeñas decisiones cotidianas: la elección entre postulantes para un empleo, la atribución de la condición de belleza a un niño, la calificación en una institución educativa, la opinión de una familia sobre un potencial noviazgo "inconveniente", la simple identificación de una persona con el adjetivo "negro" o "morocho", la atribución de funciones poco apreciadas dentro de una empresa, la elección de lugares dentro de una lista partidaria. No hay una gran mano invisible que oprime a los descendientes de los esclavos, no hay una ley que los obligue a la pobreza, no hay ya carteles -como hasta no hace mucho- en que se excluya a la "gente de color" de los restaurantes o de tal o cual espacio público. Lo que hay son pequeñas decisiones, ínfimas, algunas de ellas intuitivas, subconscientes, que afloran a través del insulto durante el enojo, o del chiste en horas avanzadas de una fiesta con alcohol, o a la hora de evaluar como más capacitada a un postulante a un cargo con mando en una empresa. Esas pequeñas decisiones generan grandes consecuencias: se suman, se asocian, se multiplican, producen obstáculos por doquier a los descendientes de los esclavos africanos. Ninguna es claramente diferenciable de otras formas de discriminación, e incluso del "juicio justo" (piénsese en un tribunal de concursos para un cargo público), son pequeños desbalances que hacen sistema para explicar el hecho que el racismo uruguayo, desorganizado y no institucionalizado, es el que mantiene a la población con visibles trazas corporales de origen africano en la base más pobre de la "pirámide social".


El lenguaje racista refuerza simbólicamente ese racismo sistémico. "Negro", al igual que cualquier otra expresión puede asumir distintos significados según la situación comunicativa, al igual que no es lo mismo decir "Me muero" cuando uno se entera de una grata noticia que cuando se está frente a un pelotón de fusilamiento. En un conflicto interpersonal, en un momento de rabia y enojo o a la hora de la condena familiar de un noviazgo, la palabra "negro", al igual que "marica", "puto" o "judío", no se usa como una apelación cariñosa a aquél de quien se habla (como sí puede usarse esas palabras en otras situaciones) sino como insulto. Se apela a la degradación social del visto como diferente, a su pertenencia a un estrato social tenido por inferior y repugnante. Pero más en general, el uso de "negro" para definir las trazas africanas en la piel o en el rostro de una persona, implica necesariamente un elemento racista. Un concepto implica siempre una membrana, una línea demarcatoria, más o menos difusa o negociable: dentro de ella una clase de objetos, fuera otros. Señalar a los "negros" es marcar socialmente la condición pasada de esclavos, más allá que el contexto social y textual le puedan atribuir a esa categoría una carga valorativa más o menos positiva. Es un estigma que no lo crea el lenguaje por sí solo, por el hecho que el lenguaje no existe por sí solo (más allá que sea un sistema con un grado de autonomía) sino agenciado a las relaciones de poder, o si se quiere, es subsistema de otros sistemas sociales que lo incluyen o que son su entorno, al menos. Incluso cuando la reacción identitaria del grupo estigmatizado, como estrategia de poder, por ejemplo para buscar la institucionalización de criterios discriminatorios positivos (becas, cupos políticos, cupos laborales, etc.) o para invertir la carga semántica de la categoría (piénsese en los casos en inglés: "black is beautiful" o la sustitución de "homosexual", que alude a una patologización del discurso médico por "gay" que es sinónimo de "divertido"), promueve el uso del término, refuerza la condición discriminatoria del mismo, como concepto capaz de describir un objeto real, no discursivo. De todos modos, la resolución política no es sencilla, pues promover tanto el fin o la atenuación de la discriminación como la elaboración social de medidas compensatorias, requiere la identificación de la población a proteger.


Puede no ser el único eje del problema, pero en tanto el lenguaje es la herramienta para la interpretación del mundo, lo que uno no puede afirmar es que el racismo en el lenguaje no tiene importancia. La resistencia a aceptar la relevancia del combate al lenguaje racista puede leerse como una resistencia al reconocimiento del racismo en nuestra sociedad, y sobre todo la responsabilidad que nos cabe a todos. Si bien me parece política y simbólicamente inconveniente, por decir lo menos, solicitarle a la imperial RAE que quite una frase de su diccionario, es verdad que es hora de condenar públicamente el uso racista del lenguaje (es decir, las palabras y frases de alusión racial en su uso denostativo, o en su uso innecesario, sobreañadido, discriminador). No se combate el racismo prohibiendo palabras o frases, pero sí se puede generar una acción política transformadora que vuelva, para empezar, "políticamente incorrecto" utilizar públicamente alusiones raciales. Luego en la vida cotidiana la condena moral del racismo en el lenguaje, la no identificación racial de las personas, precisamente el uso de la categoría "persona" para referirse a quien sea, más allá del color de su piel, la no enseñanza de la identificación racial a los niños, pueden promover cambios microsociales que funcionen como apoyo a los cambios macrosociales. Individual y colectivamente puede así promoverse, que el uso racista del lenguaje sea visto como algo negativo y que debe dejarse de lado. Y ese puede ser un primer paso. Insuficiente, absolutamente, pero un primer paso hacia el fin del racismo.