EL SUICIDIO JUVENIL

01.05.2013 22:31

/Por Andrés Núñez Leites/


En el presente artículo ensayaremos una aproximación al tema del suicidio, y en particular al suicidio juvenil, desde su vinculación con los procesos de cambio que operan actualmente en nuestra sociedad y en nuestra cultura.


*Vías para abordar una complejidad*


Tacuarembó ha vivido una especie de conmoción en los últimos años ya que el fenómeno del suicidio juvenil ha aumentado en cantidad y visibilidad. De un tiempo a esta parte nuestros oídos se han acostumbrado a recibir la noticia de la muerte voluntaria de algún joven más o menos conocido por nosotros y así el suicidio juvenil se ha ido integrando a la cotideaneidad de nuestras vidas, como una minoría estadística persistente.


Ante ello, como seres que con-vivimos en el mismo espacio urbano, nos vemos empujados a adoptar una decisión ética en un rango que va desde la desensibilización (como mecanismo defensivo) hasta la asunción de un compromiso de acción de cada tacuaremboense desde lo que nos une y también desde nuestra singularidad personal, aportando nuestra fuerza para intentar comprender y quizá disminuir los casos de suicidio. Personalmente optamos por éste último camino, pues creemos que el suicidio es responsabilidad (y no culpa) de la comunidad en su conjunto.


Apenas nos disponemos a tratar el tema podemos constatar la complejidad del mismo. Los elementos que habrían de propiciar que una persona se auto-elimine parecen tantos y de una naturaleza tan variada que la posibilidad de prever la ocurrencia del fenómeno parece, al menos, remota. Sin embargo, las ciencias sociales (en nuestro caso la sociología, pero también la antropología, la historia y la psicología) disponen de varios recursos teóricos y metodológicos para abordar el tema. Si bien ensayaremos algunas respuestas desde la sociología, queremos destacar que es necesario, a nuestro juicio, superar las barreras disciplinarias de manera que las distintas perspectivas de las ciencias sociales, sin desaparecer, se nutran entre sí, ya que el fordismo intelectual ha dado señales claras de agotamiento en su capacidad de comprender el mundo. Refiriéndose a las ciencias naturales, Noam Chomsky (1998:29) hace una afirmación también válida para las sociales: "Si las ciencias naturales tuvieran un departamento dedicado a los protones, otro a los electrones, un tercero a la luz, etc., cada uno limitándose a su dominio designado, habría poco temor de que se entendiera a la naturaleza." Comencemos entonces a movernos por un territorio fronterizo: el de la producción social de la subjetividad. El término en itálicas refiere a la condición de sujeto. En el entramado de las relaciones sociales (sociedad) que se estructuran en torno a cierto universo de pautas simbólicas (cultura) se forman las personas (sujetos), no solo en sus aspectos visibles (tales como los hábitos lingüísticos o estéticos) sino también en niveles no tan visibles como la afectividad, la inteligencia y el sistema de la vida psíquica en general. Es en la práctica social donde las condiciones y energías de nuestro sistema orgánico son moldeadas para permitirnos la adaptación al entorno y la supervivencia. En una sociedad y una cultura específica nos constituimos como personas. De ahí que si queremos entender por qué actúan como lo hacen los seres humanos de una sociedad particular, no es pertinente utilizar esquemas teóricos universalistas o elaborados en un contexto social e histórico muy diferente pues cualquiera de los dos caminos nos conduciría, en el plano de la investigación, a concepciones erróneas, y en el plano de la intervención, ya sea terapéutica o de trabajo social, a una homogeneización no respetuosa de la diversidad cultural de los grupos humanos y de la singularidad de cada persona.


¿Qué tipo de subjetividad se está produciendo en nuestra sociedad? ¿Qué tipo de relación con los otros y consigo mismo es propiciada por el estado actual de nuestra sociedad y nuestra cultura? ¿Qué lugar ocupa el suicidio en este contexto? El lector notará la amplitud de estas preguntas, respecto a las cuales apenas insinuaremos algunas respuestas y proposiciones que quien lea este artículo deberá interpretar desde su propia experiencia y reflexión.


*Tacuarembó es arrojada a la existencia*


Con esta paráfrasis de Sartre no queremos decir que Tacuarembó no había existido hasta hace poco tiempo, sino que hace pocos años, pensemos en la última década, vemos aparecer elementos característicos del momento histórico que vive Occidente y el Sur de Occidente, momento definido por la "globalización", el modo en que se ha re-estructurado la producción mundial, y la "posmodernidad" como estado actual de la cultura en las ciencias, las artes y progresivamente en las pautas simbólicas que rigen nuestra vida cotidiana. Como veremos en seguida, estos cambios (de la producción nacional a la global, de la modernidad a la posmodernidad) no son tan lejanos a la vida que llevamos día a día, y alteran incluso la forma en que nos posicionamos en la existencia. En virtud del retraimiento de los subsidios estatales y al mismo tiempo de la brusca rebaja arancelaria desde comienzos de los メ90, Uruguay ha entrado en la arriesgada política de "liberalización" de los mercados, algunos de cuyos efectos han sido el crecimiento del PBI, el centramiento del sistema productivo en el sector de los servicios ヨparticularmente notable en las tecnologías de comunicación e informática , el abatimiento de la inflación, una tasa de desempleo estable y alta (en torno al 10% de la población económicamente activa), el desmantelamiento de las industrias no competitivas en mercado abierto (precisamente las que empleaban más mano de obra), la precarización e inestabilidad laboral. En definitiva una estrategia económica que si bien ha estabilizado los precios y ha provocado cierto crecimiento de la producción, no se ha demostrado eficaz hasta la fecha para integrar a toda la población en las tareas productivas, quedando amplios sectores al margen del acceso a los bienes básicos para la supervivencia. Tacuarembó y los otros departamentos del centro del Uruguay, han vivido con particular gravedad este proceso, consolidando su condición de departamentos expulsores de población (el centro del país es un área con decrecimiento poblacional).


Otro indicador de la llegada de los nuevos tiempos a nuestra ciudad es la irrupción de la TV cable. La posibilidad de acceder a la producción cultural y artística de diversos lugares del mundo provocan cambios que ya empiezan a ser perceptibles. Uno de ellos es la potenciación de la diversidad estética, que puede apreciarse con claridad en los jóvenes, muchos de los cuales incorporan elementos de la estética rock, reggae, hip hop, y también fashion, entre otros. Otro cambio saludable es la formación de una suerte de ciudadanía internacional, por la cual sentimos alegrías, tristezas, indignaciones, odios y amor por sucesos geográficamente lejanos. La contrapartida es la sobresaturación de información, con la cual disminuye la posible empatía recién mencionada, reduciéndose nuestro umbral de sensibilidad y atención a los hechos informados, que por momentos asumen la forma de una vorágine virtual en la cual las cosas que un día provocan algún grado de atención al otro día desaparecen. La dinámica de los mass media, hace de la historia un video clip. Al mismo tiempo tomamos conciencia de que el estilo de vida que llevamos es solo uno entre muchos posibles, despertando en muchos de nosotros cierto desasosiego por esa tensión entre la posibilidad de elegir caminos de vida alternativos en que nos sintamos más realizados y el temor que despierta el riesgo de perder nuestra identidad personal.


Entre la nueva realidad económica y los cambios culturales, los uruguayos y los tacuaremboenses intentamos construir nuestra historia, en un camino lleno de peligros y de posibilidades.


Profundicemos ahora en esos dos niveles de transformaciones que están realizándose en todo occidente, y que más temprano que tarde alteran, para bien o para mal, modifican nuestras vidas.


*Mercado Global y subjetividades*


El surgimiento y la generalización del sistema capitalista fue acompañado de la expansión de ciertas tecnologías disciplinarias. Michel Foucault (1991:87-101) denomina a la sociedad resultante de este proceso "sociedad disciplinaria". La sociedad disciplinaria implica un cambio fundamental en relación a las sociedades pre-capitalistas: una inversión de la visibilidad del poder. En las sociedades pre-capitalistas se presentaba el poder (el cuerpo del rey y sus ejércitos) en forma imponente y fastuosa para ser visto por la población, amado y temido. En las sociedades disciplinarias, en cambio, el poder se ejercita en torno a la visibilidad de aquellos sobre los cuales se ejerce. Desde los siglos XVIII y XIX tanto las cárceles como los hospitales, los orfanatos, las escuelas y las fábricas se diseñan según derivaciones del modelo "panóptico" ideado por Bentham, arquitecto inglés que creó un modelo de cárcel cuyo principio era la absoluta visibilidad del preso y la invisibilidad del guardia que se oculta en una torre central de vidrios opacos o persianas. El efecto sobre la conducta del preso (o del loco, el huérfano, el estudiante, el trabajador fabril) es la compulsión al cumplimiento fiel de las normas de la institución, pues nunca sabe cuándo lo están mirando, pero sabe que puede ser en cualquier instante. De hecho, la disciplina no es ejercida tanto por el vigilante como por la internalización del control por parte del vigilado. Este modelo arquitectónico se expandió por toda la sociedad asociado a la idea de la reforma o reeducación de quienes se desvían de la norma, lo que constituyó una modificación importante respecto al período anterior, en el cual los castigos habituales eran la deportación, la tortura, la humillación pública o la ejecución. Nos hemos educado en una sociedad basada en el principio de la ortopedia social. Un efecto negativo de la sociedad disciplinaria es la homogeneización cultural, basada en la constante vigilancia sobre las personas, y la normalización de las conductas desviadas, con las consiguientes rigidizaciones institucionales frente a los procesos de cambio y adaptación. En lo que constituye sólo una paradoja aparente, este rigor disciplinario resulta en cierto efecto de continentación y alivio para las personas ヨal menos para la mayoría educada en estructuras familiares autoritarias, matriarcales o patriarcales-, pues el padre o la madre rigurosa no sólo están presentes en la casa y en el super yo, sino en todos los espacios sociales.


Para la sociedad occidental, la década de los 1980s es el período de pasaje de la sociedad disciplinaria a lo que Gilles Deleuze (Eira,1999:21-24) llamó "sociedad de control", aunque en América Latina los efectos recién comienzan a apreciarse con claridad. Señalemos ヨapenas- los factores que propician este cambio: crisis del capitalismo de bienestar, desmoronamiento de los países socialistas autoritarios, fin de la guerra fría, la conformación de un verdadero sistema capitalista mundial a partir de la globalización de los procesos productivos y de la mano de la conformación de una concentración oligopólica internacional sin precedentes. Se extiende por el mundo una ideología del eficientismo y la competitividad extremas, junto al desmantelamiento de las "leyes sociales" que protegían a los trabajadores (proceso de "flexibilización laboral") y la amenaza de una tasa de desempleo alta y constante.


El sistema capitalista se re-estructura en clave conservadora, al mismo tiempo que, como expresa Noam Chomsky (1998:31), pasa de ser una economía a ser una sociedad. He aquí la clave para entender como opera el control social (o sea los mecanismos que aseguran la cohesión social) en la sociedad de control: la lógica de mercado, de oferta y demanda, de variabilidad e inestabilidad endémica, se extiende a todas las relaciones humanas. Así que a comienzos del siglo XXI vivimos una era neo-darwinista, en la cual sobrevive el más fuerte y los perdedores carecen de contención y solidaridad suficientes para no caer en la miseria.


Se relajan (pero permanecen) los dispositivos disciplinarios y ceden su primacía a las llamadas leyes del mercado que, con su lógica de la eficiencia, van trazando la dolorosa línea que separa a los incluídos de los excluídos. Cada ciudadano se vuelve una "empresa unipersonal" y como tal se controla a sí mismo para aumentar su rendimiento, en una constante seducción a la demanda. En la era del capitalismo monopólico, todo se vuelve mercancía. La compulsión a la seducción es vista por Lipovetsky (1994:12) como una bendición, seguramente porque el autor de La era del vacío centra su observación en las clases medias de las sociedades de la abundancia, pero en el Tercer Mundo, el fin de la seguridad laboral es una maldición para los sectores pobres, que carecen del capital cultural y económico necesario para autoproducirse aceptablemente como mercancías valiosas.


Esta nueva modalidad de control permite, por otra parte, nos dice Lyotard (1989:37), un aflojamiento de las fidelidades culturales tradicionales (ideológicas, por ejemplo) y el saludable refuerzo de la diferenciación cultural (subculturales, regionales, etc.), ya que, como reza una célebre frase : no importa ya qué piense una persona, mientras compre a crédito.


*La disgregación del yo*


Una subjetividad fragmentada parece ser el resultado de los cambios en los niveles productivos y culturales de las últimas décadas. Esta es una de las tesis centrales que han sostenido algunos de los filósofos contemporáneos más sugerentes como Deleuze o Lipovetsky. Diversos caminos de análisis e investigación conducen al diagnóstico de que nuestra vida psíquica ha dejado de ser ordenada en torno a un núcleo de sentido fuerte, capaz de dar coherencia y sentido estable a nuestra existencia.


Pero la pérdida de un único sentido comienza con la propia secularización moderna. La cosmovisión cristiana, como dispositivo legitimador del lazo social, fue sustituida por la concepción de un mundo lógicamente ordenado, racionalmente comprensible y materialmente manipulable. La Razón, la Ciencia y el Progreso, fueron los grandes mitos o relatos modernos en torno a los cuales los hombres y mujeres occidentales ordenaron sus vidas y se situaron en la historia. Una historia que parecía conducir indefectiblemente, sea por la acumulación de progresos o por la revolución, hacia un mundo feliz. Pero la propia historia contrastó esta visión con un siglo XX de guerras, hambre, enfermedades, ecoicidios y otra calamidades que muchas veces fueron racional y científicamente desatados. La razón y la ciencia no sólo "cayeron" por servir eficientemente a intereses destructivos. En estas últimas décadas, se consolida la objeción posmoderna contra la omnipotencia de la razón y la ciencia; en una radicalización de la secularización moderna, se demuestra que todo discurso científico es constitutivamente arbitrario, relativo, no-absoluto, dependiente de las relaciones institucionales que dan lugar a su emergencia. Recién ahora, podemos entender qué quiso decir Nietzsche (1997:25) cuando hace más de un siglo puso en boca de Zaratustra la inquietante frase "Dios ha muerto".


El resultado de este proceso de secularización en las artes y las ciencias se va trasladando a toda la sociedad. Quizá lo más aterrador sea asumir que la historia no tiene un sentido predeterminado, y que la concepción de una historia que avanza a los tumbos en dirección al paraíso (sea por obra de su naturaleza dialéctica o de la insólita mano invisible del mercado) ya no es sostenible ni puede sostener-nos. El mundo parece más peligroso, ahora que no lo gobierna ningún dios.


Si, por lo menos desde los 1970s, la mayoría de los habitantes de occidente no nos sentimos parte de una gran epopeya histórica, de ningún proyecto trascendente en el cual subsumir nuestra existencia singular, ﾿qué nos queda? La realidad actual nos ofrece el consumo de mercancías como única posibilidad. Y podemos consumir de todo, en ofertas o a crédito. Una apabullante parafernalia publicitaria nos seduce desde los mass media para que consumamos miles de productos aparentemente indispensables. Y es que la caída de los grandes relatos modernos va de la mano de una desmovilización política y el consiguiente repliegue en la vida íntima, en la esfera privada. ﾿Es posible vivir en el bunker privado, reducidos a un hedonismo inmediatista y tele-dirigido? Evidentemente sí; aquí estamos para dar fe de ello con nuestra propia existencia. El problema radica en que esta condición posmoderna no da a las personas bases suficientemente sólidas sobre las cuales edificar su vida. Una posible interpretación del suicidio, como acto comunicativo, consiste en situarlo como una radical expresión de insatisfacción existencial. Si bien los motivos inmediatos suelen radicar en el ámbito cercano del suicida, el suicidio siempre ocurre en el contexto general de una sociedad y su cultura. El largo rodeo teórico que hemos dado en este artículo ha tenido como finalidad permitirle al lector llegar a este nivel de comprensión. El neo-darwinismo social y la falta de proyectos históricos creíbles y participativos ambientan una situación de indefensión que afecta particularmente a los jóvenes, que se encuentran en una etapa en la cual deben crear las bases para su sustento en la vida adulta, y deben enfrentarse a una sociedad potencialmente más desequilibrante. Afortunadamente, la respuesta habitual no es el suicidio, sino la depresión, especie de plaga contemporánea que, en nuestro país carece de un relevamiento estadístico exhaustivo, el cual posiblemente revelaría un índice bastante superior al 10% -de por sí muy alto- que se ha especulado en distintos medios periodísticos.


El suicidio posmoderno, dice Lipovetsky (1994:41), no es tanto resultado de una larga y angustiosa meditación metafísica sobre el sentido de la vida por parte de un individuo (como sería más frecuente en la modernidad) sino de un bajón circunstancial. Porque la disgregación del yo en torno a múltiples y variable objetos de placer inmediato, provoca un estado de ánimo también muy variable, pasándose con frecuencia de la euforia a la tristeza y viceversa, sin ninguna estabilidad.


*La historia como devenir (o nuestra responsabilidad)*


Si somos consecuentes con lo escrito más arriba, no podemos atribuir el suicidio de tantos jóvenes de nuestro departamento a la fuerza implacable del Destino. La realidad social es resultado de la acción de los individuos en la sociedad. Cada uno de nosotros es socializado en los diversos campos sociales que integramos, pero al mismo tiempo introducimos modificaciones en ellos, voluntariamente o no.


Tanto el suicidio como la depresión son resultado de la conjunción de diversos factores orgánicos, de la historia particular de cada individuo y de la historia general de la cultura y la sociedad en que cada individuo vive. En este artículo hemos intentado reseñar algunos de los elementos que hacen a ese contexto socio-cultural, y vemos cómo ambos fenómenos son y forman parte de procesos muy complejos. Las posibles soluciones para estos problemas no aparecen fácilmente. Sí podemos decir que las mismas han de involucrar a la sociedad en su conjunto y en su diversidad.


Si la hipótesis de este trabajo consiste en afirmar que la sociedad actual es un contexto desfavorable para el intento de los individuos de mantener una estabilidad psíquica y la ilusión en el juego social, entonces cualquier solución que quiera ser efectiva debe pasar por la modificación de ese contexto. Quizá no se pueda, a corto plazo, abatir el desempleo, la inestabilidad laboral, el subempleo y otros fenómenos de la estructura productiva que inciden negativamente en nuestra vida, particularmente en la vida de los jóvenes. Pero sí hay espacio para acciones colectivas locales, la creación de grupos de apoyo y espacios de intercambio en que profesionales y voluntarios trabajen con los jóvenes desde el respeto, escuchándolos, dándoles la palabra, permitiendo que ellos mismos procesen sus problemas y angustias. Y también hay espacio para que cada uno de nosotros, individualmente, desde nuestro lugar laboral, familiar o como amigos, hagamos una pausa para reflexionar sobre nuestra actitud hacia los seres que nos rodean y empecemos a construir poco a poco una sociedad solidaria, tolerante y respetuosa de las diferencias, abierta a lo nuevo y lo desconocido, capaz de dar un lugar digno a todos los que viven bajo este mismo sol. No dejarnos arrastrar por la historia, sino, al contrario, dejar nuestra huella en la misma, a partir de una ética solidaria. Decía Michel Foucault (1993:32), que la ética es un conjunto de reglas que las personas crean para hacer más hermosa la vida.


*Referencias bibliográficas*


CHOMSKY, Noam, Democracia y mercados en el nuevo orden mundial, 1998, Alianza, Madrid, p.29.

EIRA, Gabriel, Disciplina y control, 1999, en rev. "Alter", ed.Taller A, Montevideo, p.21-24.

FOUCAULT, Michel, Historia de la sexualidad, tomo II: "El uso de los placeres", 1993, ed. S XXI, Madrid, p.32

FOUCAULT, Michel, Microfísica del poder, 1991,ed.La Piqueta, Madrid, p.87-101.

LYOTARD, Jean-Francois, La condición posmoderna, 1989, ed. Cátedra, Madrid, p.37.

LYPOVETSKY, Gilles, La era del vacío, 1994, ed. Anagrama, Barcelona, p.12.

NIETZSCHE, Friedrich, Así hablaba Zaratustra, 1997, ed. Fontana, Barcelona, p. 25.